Un líder político que sirvió con excelencia al país en unas condiciones dadas, se ha convertido, al cambiar radicalmente las circunstancias, en una carga y un obstáculo grave para el futuro. Eso es lo que le ha pasado al presidente Suárez. Después de la última crisis de Gobierno, no hay manera de ocultar ni un día más esta triste evidencia. \\ Tras casi un año de parálisis y silencio, con el país plagado de problemas que requerían un liderazgo claro, la fuerza de las cosas se tomó su revancha y le propinó tres sucesivos y sonados fracasos: votaciones en Andalucía, Cataluña y País Vasco. Ahí llegó su hora de la verdad. O Suárez cambiaba radicalmente de política y de Gobierno, o Suárez firmaba su sentencia de muerte política a más o menos breve plazo. Tras tres semanas de angustiosas vacilaciones, el solitario de La Moncloa logró, por fin, nombrar nuevo Gobierno; tan pobre, tan condicional y tan cualquier cosa, que fue casi anunciar a campanazos la triste nueva de que Adolfo Suárez fue, pero ya ha dejado de serlo. No sirve, y hay que decirlo así. \\ Adolfo Suárez se ha ganado a pulso un puesto de excepción en la Historia moderna de España. Fue el hombre mejor en el mejor momento. Nadie como él podía desmontar el franquismo desde dentro, y permitir así la salida pacífica del régimen personal al sistema democrático. Adolfo Suárez cumplió su histórica tarea con coraje, habilidad y hasta premura. Nadie puede regatearle méritos en los dos o tres primeros años de su gran aventura política y menos que nadie esta casa, que le apoyó consistentemente en esa etapa y aún mucho después. Por última vez, chapó. \\ Pero la ironía de la Historia es que las virtudes que sirvieron a Suárez para desmantelar al franquismo desde dentro —habilidad, secreto y astucia fundamentalmente— no bastan ni mucho menos para presidir un Gobierno democrático. Sus carencias se fueron haciendo cada vez más visibles conforme se iba construyendo y afianzando el nuevo régimen. Suárez sabía desmontar, pero no tenía la menor idea de construir. Lo que es peor y evidente ahora: nunca supo bien qué diablos había que construir aquí. De parche en parche, de hábil maniobra en habilísimo consenso, el hombre casi providencial en una crucial etapa, fue perdiendo los papeles uno detrás de otro. En silencio, con un complejo creciente de acoso y persecución, Adolfo Suárez alcanzó de bruces su nivel mastodóntico de incompetencia. No sirve, qué le vamos a hacer. \\ En la propia UCD hay líderes mucho mejor adaptados que Adolfo Suárez a las condiciones del país aquí y ahora. No se les conoce a muchos, pero a partir de ahora se les va a conocer, a partir de ahora el debate político en UCD debe ser público, y el que se esconda que se olvide para siempre de la vida pública. Se acabó ya la charla off the record por los pasillos. Aquí hay que dar la cara. El país quiere conocer a sus líderes y las soluciones que propugnan. El que tenga miedo, al convento. \\ Una cosa fundamental hay que tener en cuenta: la mayoría relativa del país votó a UCD y no al PSOE. Traicionar esa voluntad puede traer consecuencias muy graves para el sistema. La sustitución de Suárez hay que hacerla, implacablemente, pero sin prisas, en el seno de la mayoría. Criticar a Suárez sí, separarse de Suárez quizá también sí, pero unirse al PSOE no. Un francés dijo: «Oui, mais ... », y ahora es presidente de la República.FUENTE: Artículo de Tomás DE SALAS en la revista Cambio 16 -diciembre 1980—, de la que era editor y presidente.