¡¡Basta!! Nunca la paciencia de un pueblo había llegado a más, con el deseo de que nuestro camino por la Historia no estuviera necesariamente jalonado de interrupciones constantes, caracterizado de vueltas a empezar, y salpicado de sangre.
Nunca el orgullo o la dignidad de los españoles había llegado a menos, aceptando con resignación y pasividad los asesinatos constantes del terrorismo, la quiebra económica, el paro creciente, la inseguridad ciudadana, el servilismo y la desorientación exterior, y la incapacidad y la irresponsabilidad verbalista de los políticos.
Nunca España, a lo largo de dos siglos constitucionales, y con las especies políticas más disolventes y revolucionarias, había estado, como ahora, al borde de la secesión de las regiones, del regreso a las comunidades y a las taifas medievales, y a la liquidación de una nación como la nuestra, con una huella universal por todo el orbe, de cultura, de lengua, de religión, de ciencia y de comercio.
Nunca España había tenido, con republicanos o con monárquicos, con liberales o con progresistas, con socialistas o con conservadores, con militares o con civiles, en paz o en guerra, unas situaciones, como las últimas, que hayan acumulado más desaciertos, ignorancias, debilidades, claudicaciones y fracasos.
Nunca España había estado políticamente estructurada en forma tan ambigua y contradictoria; con una religión, pero sin una iglesia acreditada; con una actividad económica, pero sin economías; con una democracia, pero sin demócratas.
Nunca España había tenido tanta fachada y menos edificio; más funcionarios y menos función; más dirigentes obreros y menos beneficios para los trabajadores; más palabrería y menos hechos; más libertinaje y menos libertad y felicidad.
Los titulares y protagonistas del recorrido hacia la democracia no han hecho otra cosa que desahuciar a nuestra patria, y poner en quiebra, a toda la nación. Mientras todo se hunde, y somos la nación de más baja productividad europea, la de más alta inflación, contamos con los niveles más graves de paro, el país con más huelgas, con más graduados y más universitarios sin empleo, la más alta escalada continental de cierres de empresas y de suspensiones de pagos; y mientras la pornografía se adueña de todos los medios de cultura, como el libro, la revista, el teatro y el cine, subestimando a la mujer y atacando hasta la inocencia de los niños; y cuando el turismo, que es una industria de progreso nacional y de crédito universal de nuestra patria, desciende, lucen en la vida social y en el Parlamento los liberales de salón, y los socialistas sin revolución y sin corbata, y los antiguos estalinistas, vestidos de europeos occidentales.
( ... ) Por toda España surgen, a la manera de las plagas bíblicas, fuerzas disgregadoras. A las viejas pretensiones separatistas de Cataluña y de las provincias Vascongadas, se han unido Galicia, Valencia, Extremadura, Castilla y León, con el reciente pronunciamiento de Andalucía. El afán desestabilizador de España es inaudito. Sus autores componen una mezcla de aventureros, de racistas y de políticos ambiciosos; no muy lejos andan los animadores internacionales de esta fragmentación y disolución.
( ... ) España necesita, desde ahora mismo, decisiones para corregir todos los fallos y errores, sin que esto suponga o represente involución alguna. Su mirada y su objetivo no tendría otro horizonte que el del futuro.
La tareas urgentes, las que demanda el pueblo español, son las de liquidar el terrorismo con la energía necesaria; librar a las ciudades de indeseables, que atentan contra la seguridad personal, familiar e institucional; animar a los empresarios a revitalizar nuestra economía, abandonando sus fugas atemorizadas de dinero y de iniciativa al extranjero, y resolviendo positivamente su esperanza interior; ofrecer a los trabajadores una nación sin explotadores; convencer a la universidad de que ella es el depósito y el manantial de nuestra cultura, de nuestra ciencia y de nuestra investigación. Restablecer el orden y la autoridad. Y cuando todas estas heridas nuestras, actuales, empiecen a estar restañadas, y el pueblo español esté ordenadamente en pie de iniciativas, de ilusión y de paz, que es necesario que sea pronto, entonces habría llegado el momento de hacer entre todos una democracia moderna y gobernada, donde la libertad, los deberes y los derechos, estuvieran en su sitio, y en el intento superior de que ésta sea un pueblo para vivir, y no para destruirse; estable y no interino; feliz y no triste; creador y no pasivo y dramático.
Procede que todos digamos ¡basta! y seamos consecuentes con esta palabra.
( ... ) Lo que ahora mismo está en juego no es esta o aquella política, sino solamente España. Se hace por ello necesario un colectivo, y enérgico, y valeroso, y desinteresado, y solidario ¡basta! para que sea escuchado y atendido, y no sigamos caminando desesperadamente hacia una España rota, y una España mínima.FUENTE: Artículo del teniente general Fernando DE SANTIAGO Y DÍAZ DE MENDWIL, en el diario El Alcázar, 18 de febrero de 1981.