LEVIATäN nace a los tres años de haberse instaurado la segunda República en España. Para orientarse en el mundo a que ha venido, ha escudriñado los rostros de las gentes: melancólicos los de las llamadas izquierdas republicanas; jocundos de victoria los de las derechas; entre graves e irónicos los de la clase obrera. ¿Cómo explicarse lo ocurrido y lo que continúa ocurriendo?.
Cuando la monarquía cayó en abril de 1931, se creyó que la inmensa mayoría de los españoles se habían hecho republicanos. Así fue, en efecto. Pero si fue así, ¿cómo se concibe que a los dos años y medio, en las elecciones generales de 1933, una buena parte de esa mayoría nacional votara contra los republicanos más auténticos? Descontemos los fraudes y trapacerías electorales y el apoyo decidido y decisivo del Gobierno radical en el favor de los partidos de la derecha. Siempre quedará un hecho en pie: que una parte considerable de España no está con la República del 14 de abril de 1931. Entonces, ¿por qué la votó dos días antes, el día 12, en los comicios municipales? Sencillamente porque a ese trozo de España que votó contra la monarquía en 1931 y contra la República del 14 de abril en 1933 —trozo que es la pequeña y media burguesía—, le estorbaba la institución monárquica tanto como a las clases populares y a los intelectuales republicanos de tipo democrático y liberal. Expliquémoslo.
Sin percatarse de ello, creyéndose un discípulo de Mussolini, Primo de Rivera fue, al contrario, un antifascista, un gobernante que, en realidad, hizo una política contraria a los intereses de la pequeña burguesía, hasta el punto de dar aliento a la institución de los Comités paritarios, que mejoraron notablemente la condición de la clase obrera, a expensas, claro está, de las empresas capitalistas. Las grandes empresas, especialmente las favorecidas por el Estado, podían, sin grave detrimento, soportar esta política social; pero las pequeñas, desatendidas del Estado, acumularon contra esa política un sordo rencor que, unido al resentimiento de la burguesía territorial, despojada por la dictadura de su predominio en el antiguo Estado constitucional, se expresó antimonárquicamente en las elecciones municipales del 12 de abril. Quien decidió la caída de la corona fue la pequeña burguesía, despechada e irritada contra la monarquía por la dictadura de 1923, tanto como la genuina España republicana.
El Poder lo tomó entonces, al derrumbarse la monarquía, el grupo de hombres que representaba la revolución. Pero los primeros Gobiernos de la República incurrieron en un tremendo error histórico: No haber hecho la revolución radical que proyectaban; no haber ido a la raíz de una transformación social profunda. En vez de reducir a impotencia la antigua burguesía monárquica, rápidamente, despojándola de su fuerza económica, lo mismo que a la Iglesia y las demás oligarquías, por medio de decretos, perdieron dos años y medio dándose el lujo democrático y liberal de organizar una Constitución farragosa y unas leyes que ahora sólo existen sobre el papel. Sobre los más de los hombres de la revolución española de 1931, pesaba el lastre de una cultura política del siglo XIX que está desapareciendo del mundo, aunque muchos lo lamenten.
El dilema, en fin no está, en España, entre Monarquía o República; en eso no cree ya ni ex Alfonso XIII. El dilema estriba entre si la República ha de ser de tipo fascista, como sueñan las derechas, y han comenzado a practicarlo, o si ha de ser una República social, como quiere la clase obrera. Hay que elegir.FUENTE: Leviatán, núm. 1. Director, Luis Araquistáin.