Consejo de ministros en la presidencia. Asuntos de poca importancia. Conversamos ligeramente sobre el asunto del día: lo que podrá ocurrir en las Cortes al votarse el artículo 24. Ya se sabe que los socialistas mantienen el artículo como está en el proyecto. Van un poco a remolque de los radicales-socialistas, que están muy intransigentes, y quieren ocupar el puesto de extrema izquierda; los socialistas no se atreven a dejarse adelantar por aquéllos. Si la Comisión modificase el dictamen, los socialistas lo mantendrían por su cuenta, como voto particular. A casi todo el Gobierno le desagrada el texto presentado por la Comisión; tan sólo Prieto y Albornoz lo encuentran bueno, más sinceramente Prieto que Albornoz. A Domingo le parece mal, pero no se atreve a decirlo. Otro tanto les sucede a varios diputados de su partido. Maura sigue decidido a hablar, para defender un proyecto de artículo, que nos leyó el otro día. Y anuncia su resolución de dimitir, si el de la Comisión prevalece. En vano le doy consejos, y le exhorto a la prudencia. Se pone rojo, se le inyectan los ojos, se le cierra el entendimiento, no escucha a nadie. Yo estoy muy disgustado, pensando que pueden ocurrir desastres. Pero ya no pensamos en la dimisión de don Niceto, porque tiene dicho en su último discurso, que pase lo que pase continuará en el Gobierno mientras las Cortes no le echen. \\ —Quizá sea éste el último Consejo que celebremos —dice Maura. \\ —Hoy es martes 13 —comenta otro, riéndose. \\ Largo Caballero escucha y se sonríe. ¿Por qué ha de pasar nada? Ya veremos. \\ Cuando estábamos reunidos, me pasan recado de Ruiz Funes, el diputado de Acción Republicana que forma parte de la Comisión de Constitución, para que salga a hablar con él. Ruiz Funes me presenta una hoja con un nuevo texto, que es el que nos leyó Maura el otro día, con ligeras variantes. Me dice que la Comisión va a reunirse, esta misma mañana, para decidir si mantiene o no el primer dictamen, y que él piensa someterles esta nueva redacción, pero que desea saber si yo la apruebo. Leído nuevamente el texto, doy mi conformidad y le pregunto si cree posible que lo acepte la Comisión; Ruiz Funes me dice que probablemente lo aceptará la mayoría. Yo tengo, en el fondo, una gran indiferencia por la hechura que se dé al artículo, si al menos se consigue evitar el precepto de la expulsión de todas las órdenes religiosas, medida repugnante, ineficaz y que sólo encierra peligro. Examinándome bien, encuentro, en mi repugnancia, un motivo de humanidad y de estética. Cada vez que me acuerdo del Paular siento mucha lástima por las cosas bellas que pierden su carácter tradicional. Me parece mal desalojar de Silos a los benedictinos, no porque la comunidad haga cosas estimables, sino por lo que es la abadía en la historia de España, y otro tanto siento de El Escorial. Resulta que mis repugnancias provienen de lo que he visto y sentido. En cambio, no me dicen nada otros lugares ni otras comunidades que, a lo mejor, son más dignas de consideración. También se me antoja estúpido que vayamos a cerrar conventos de monjas por esos pueblos de España, las úrsulas de Alcalá, las bernardas de no sé dónde, etcétera. \\ La disolución total e instantánea me hace el efecto de una acción ininteligente.FUENTE: Manuel AZAÑA: Obras Completas. México, Oasis, vol. IV, 1968, pp. 174-175.