En 1923, Alfonso XII valoraba la posibilidad de un gobierno militar como opción para imponer el orden y regenerar la vida pública en un país caracterizado por el caciquismo y la corrupción de la clase política. A pesar de la aceptación inicial del golpe de grandes sectores de la sociedad (por la restauración del orden en Cataluña, los éxitos en Marruecos, el respaldo del rey), progresivamente el régimen fue perdiendo apoyos (decepción de los catalanistas, represión política, crisis económica agravada por la fuga de capitales, corrupción). A partir de 1929 el rey empieza a pensar en prescindir de un dictador y un régimen que podían arrastrar en su caída a la monarquía y presiona a Primo que presenta su dimisión el 30 de enero de 1930. Pero a estas alturas la monarquía no encontrará más defensores que los tradicionalistas católicos y la aristocracia industrial y terrateniente, llevando al país a los sucesos de 1931.