BERNANOS, George (1938). Los grandes cementerios bajo la luna.

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BERNANOS, George (1938). Los grandes cementerios bajo la luna.

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Bernanos, escritor católico francés, simpatizante de la Falange, se encontraba en Mallorca el 18 de julio de 1936, y fue testigo directo de la violencia de la represión franquista (ejecuciones sumarias, exterminio sistemático de la oposición, represalias indiscriminadas y atrocidades sin cuento), y todo ello en presencia y con el apoyo y justificación de la Iglesia católica. Este libro es su escandalizado testimonio. Un canónigo de la catedral de Mallorca, nos cuenta Bernanos, justificaba los fusilamientos con este argumento: “el año pasado sólo un catorce por ciento de los mallorquines había cumplido sus deberes pascuales. Una situación tan grave justifica medidas excepcionales”. Bernanos afronta con valentía y rigor moral las contradicciones de su propia trayectoria ideológica. Los grandes cementerios bajo la luna es una denuncia apasionada de la ferocidad de aquella “cruzada episcopal”, como él mismo la llamó, denuncia que conserva, aún hoy, el aliento y la veracidad inconfundible del testimonio directo.

Desde entonces, todas las noches, los equipos por él reclutados operaban en los caseríos y hasta en los barrios de Palma. Fuese cual fuere el lugar donde estos señores ejercieran sus menesteres, la escena era siempre la misma. El mismo golpe discreto en la puerta de un piso confortable o de una choza; las mismas pisadas en el jardín lleno de sombras o en el descansillo de la escalera, el mismo susurro fúnebre, que el desgraciado escucha del otro lado de la pared, con la oreja pegada a la cerradura y el corazón crispado de angustia. «¡Síganos!»... Las mismas palabras a la mujer enloquecida, las manos temblorosas que recogen las prendas comunes esparcidas unas horas antes y el ruido del motor que sigue resoplando abajo, en la calle. «No despiertes a los chicos, ¿para qué? ¿Me llevan preso, no es verdad, señor?» —«Así es», contesta el asesino, que con frecuencia sólo tiene veinte años. Después, subir al camión, donde uno encuentra a dos o tres camaradas, igualmente sombríos, igualmente resignados, la mirada vacía... ¡Hombre! Rechina la camioneta y se pone en movimiento. Todavía un instante de esperanza, mientras sigue por la carretera. Pero he aquí que disminuye la marcha y se mete dando tumbos por la huella de un camino de tierra. «¡Bajad!» Bajan, se alinean, besan una medalla o solamente la uña del pulgar. ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam! Los cadáveres son colocados al borde del talud, donde el enterrador los encontrará a la mañana siguiente, con la cabeza destrozada y la nuca reposando sobre una repugnante almohada de negra sangre coagulada. Digo el enterrador, porque se tuvo el cuidado de hacer las cosas en las cercanías del cementerio. El alcalde escribirá en su registro: «Fulano, Zutano y Mengano, muertos de congestión cerebral.»