ZUGAZAGOITIA, Julián (2001). Guerra y vicisitudes de los españoles. Tusquets, Barcelona

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ZUGAZAGOITIA, Julián (2001). Guerra y vicisitudes de los españoles. Tusquets, Barcelona

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Zugazagoitia fue director de El Socialista, órgano de la facción prietista del PSOE, y ministro durante la guerra siendo Negrín presidente del Consejo. Santos Juliá es autor de la brillante semblanza preliminar de Zugazagoitia.
“Yo no soy ni puedo ser un historiador. Soy un periodista que descubre sus observaciones y sus notas, por si tienen alguna utilidad para quienes hagan, serena y fríamente, la historia de la guerra”. Con estas líneas iniciales queda definida tanto la intención del autor como el verdadero alcance de su libro: no es historia, sino una fuente de primer orden para la historia. Su valor reside en la observación directa de los hechos, que Zugazagoitia va anotando en medio de la vorágine y siempre de primera mano. No pretende ser objetivo, ni sereno ni frío (como en su emocionante testimonio de la inexplicable resistencia de Madrid, uno de los momentos cumbres de nuestra historia, aún no reconocido en toda su grandeza) pero siempre es honesto y veraz. Hay muchos episodios narrados desde muy cerca de los hechos, como el incidente de Rivas Cherif con Fabra Rivas en Ginebra (página 414) o el robo de parte de las Memorias de Azaña y su publicación por los facciosos en plena guerra (en una edición de Joaquín Arrarás manipulada de la manera más infame).
De todos los personajes que intervienen en el gran drama de la guerra, los más cercanos al autor son Prieto y Negrín, correligionarios ambos, el primero más por la amistad, el segundo por ser su jefe en el Gobierno. Ambos están presentes casi en cada página de estas memorias. De Prieto nos da un retrato lleno de admiración y respeto, y a Negrín lo respeta sin cordialidad. Zugazagoitia compartía con Prieto (y con Azaña) su pesimismo sobre el resultado de la guerra. El optimismo de Negrín, al que llama “visionario fantástico”, nos resulta en cambio incomprensible. Es también respetuoso en general con Azaña, aunque no comprende sus razones para abandonar el territorio español. Las diferencias entre Azaña y Negrín están bien ilustradas. Representan la distancia insalvable entre el pesimismo de la racionalidad (Azaña) y el optimismo de la fe (Negrín), llevado éste a extremos quiméricos a medida que se acerca el desastre final. En los tres últimos capítulos dedica muchas páginas y muy detallado análisis a la traición de Casado y al desplome final de la República, con especial atención al drama del puerto de Alicante. Nadie se resignaba a reconocer que Franco proyectaba un genocidio sobre sus enemigos vencidos, pese a que los antecedentes bien conocidos en el lado republicano no dejaban lugar a dudas.
Zugazagoitia fue siempre una fuerza moderadora contra los desmanes de los exaltados, principalmente anarquistas, tanto desde el influyente diario El Socialista como más tarde desde el Gobierno. De su intervención para evitar excesos quedan en estas páginas abundantes muestras. A su presencia, y la de Irujo, en el Gobierno atribuye Juliá que no se repitiera en España la liquidación de los trostkistas llevada a cabo por Stalin en la URSS, excepción hecha del asesinato de Andreu Nin, que queda sin aclarar en este libro (se habla en todo momento de su “desaparición”) porque no pudo aclararse entonces. Zugazagoitia fue apresado por la Gestapo en Francia, enviado a España y fusilado por Franco.