A la muerte de Alfonso XII en noviembre de 1885 quedó como regente su segunda esposa, Maria Cristina de Habsburgo, embarazada por tercera vez y con dos hijas menores de edad. El que fuera una extranjera sin experiencia política sembraba serias dudas sobre su actitud, además de la incertidumbre sobre un posible heredero (meses después nacía su hijo Alfonso que reinará a partir de su mayoría de edad en 1902). Esa situación llevó a los dos líderes de los partidos turnistas, Cánovas y Sagasta, a establecer un acuerdo por el se comprometieron a apoyar la regencia, a facilitar el relevo en el gobierno cuando perdiera prestigio, y a no echar abajo la legislación que cada uno aprobara en el ejercicio del poder. Este acuerdo ha pasado a la historia como el “Pacto del Pardo” y resultó decisivo para garantizar la estabilidad del régimen bajo la larga regencia.