Correspondencia Maragall-Ossorio y Gallardo sobre la Semana Trágica, octubre de 1909 (2 documentos)

| Proyecto de innovación docente. Historia Contemporánea | Administración electrónica |

Correspondencia Maragall-Ossorio y Gallardo sobre la Semana Trágica, octubre de 1909 (2 documentos)

Descargar versión en PDF

CARTA DE MARAGALL A OSSORIO Y GALLARDO. 9 OCTUBRE 1909.
Mi estimado señor: El amigo Cambó me ha dado a leer la carta de usted en que se refiere a mi artículo, y yo no sé cómo expresarle mi contento por haber merecido la aprobación de sus méritos, y mi gratitud por la efusión de sus palabras, que tienen además especial valor por venir de quien tanto ha demostrado conocer y amar a Barcelona y a Cataluña entera en una gestión que le es un título de gloria no todavía bastante reconocido.
Déjeme ahora invocar este amor suyo a todo lo nuestro, ya que otros títulos no tengo, para unir a la expresión de mi agradecimiento una expansión que a quien no fuera tal como usted para todos nosotros, podría parecer importuna. Y es que tengo sobre mi corazón estos fusilamientos ya consumados, y tantos más que son de prever en cabeza de gentes que yo no he visto acusadas de otra cosa que de haber hecho o simplemente querido hacer armas contra la fuerza pública en la revuelta. Ya sé que esto es la estricta aplicación del Código Militar en el estado de guerra. Pero en un país como el nuestro, ¿por ventura tal aplicación es, ni puede ser, en puridad, otra cosa que una medida política? ¿Ni ha sido alguna vez más que eso, en efecto? Pues si como política nadie puede dudar en conciencia de que es muy acertada y necesaria la obra de depuración que se está practicando en Cataluña por medio de extrañamientos, penas correccionales, cierre de centros de perversión, evitación de nuevas propagandas criminales, estricta vigilancia y hasta diré —aunque la muerte impuesta por la justicia humana siempre me parece un sacrilegio— aplicación explicable de tan tremenda represión a alguno que al amparo de la revuelta haya cometido crímenes abominables en personas débiles o indefensas, nadie puede ver sin horror —como no se haya apoderado de él en forma de miedo o crueldad un espíritu de egoísmo equivalente al espíritu de odio de la turba—; nadie, digo, puede ver sin dolor y sin espanto el sacrificio en frío de tantas vidas cuya única tacha haya sido tal vez la exaltación por una idea, cuya maliciosa propaganda no le ha sabido o querido evitar esta misma sociedad que ahora tan duramente le castiga en la cabeza misma por su culpa extraviada. Esto es espantoso: dejar a todas las gentes sin otra educación social que la alternativa de un terror a otro. Yo no puedo callarme esto, y no sé a quién decirlo; al público no se puede ahora; en particular a muchos es en vano, y hasta se llega al dolor de encontrarse con sentimientos muy diferentes, porque tan mal educado ha sido entre nosotros el corazón de la turba de arriba como el de la de abajo. En el poder social no tengo influencia alguna. ¿Comprende usted ahora por qué me atrevo a decírselo a usted, aunque sea una incorrección la primera vez de hablarle? Pero ¿qué representa una incorrección ante tribulación de espíritu tan grande? Si lo siente usted como yo y puede hacer algo en ello, yo creo adivinar, sé que lo hará. Si no, perdóneme. Y en todo caso reconózcame desde ahora en lo que pueda servirle como admirador y amigo afectísimo. JUAN MARAGALL. Alfonso XII, 79, San Gervasio, Barcelona.CARTA DE OSSORIO Y GALLARDO A MARAGALL.
Sr. D. Juan Maragall.
Mi distinguido señor y amigo: Agobios de la profesión y de la política, impuestos por esta mecánica que unos cuantos nos hemos impuesto para pasarlo mal, me han impedido contestar con la oportunidad y aun con la premura debidas, su amable carta del día 9, que al confiarme una expansión de su espíritu, me confiere una honra tanto más de agradecer cuanto más inmerecida.
Llegó la misiva a mis manos en ocasión de hallarse en mi casa Luis Muntadas y Gabriel Maura, por lo que creí que lo más útil que podía hacer en servicio del designio de V., era leerles la carta misma y regalarles, con la espontaneidad de la impensada, el saboreo de aquellas delicadezas de alma. Era además éste el conducto más autorizado y seguro para que aquéllas llegasen a conocimiento del Presidente del Consejo.
Y ahora, permitiéndome yo abusar de su bondad, para entregarle mis juicios, le diré que en parte discurre V. como ciudadano y en parte como poeta, lo cual no es pecado, pero produce los dolores que V. mismo experimenta.
Estoy totalmente conforme con V. (¿qué discrepancia puede haber sobre esto?) en que sería mucho mejor que todo lo que ocurre no ocurriera. Una dura y violenta represión ejercida en la tarde del lunes 26 de julio, hubiera ahogado el movimiento en su germen; hubiera atenuado el dolor de las amputaciones, como hijas del combate; hubiera evitado, disminuido, mejor dicho, la necesidad de incoar procesos a millares; y hubiera permitido que el noble arrojo de los defensores del orden, sustituyera a la acción del verdugo.
Bien público es que esto quise hacer; que por no hacerse dimití mi cargo (y un poquillo también porque tengo la levita rebelde, todo hay que confesarlo); y que hasta predije —Luis Muntadas es testigo— que el rigor que no se emplease en los momentos de la refriega no se podría usar después porque protestarían, por reacción, hasta los mismos perjudicados. V. me acredita de profeta.
Pero, en fin, esto no se hizo y hay que tomar las cosas como se nos presentan. Se enconaron los sucesos, se multiplicaron los delincuentes, se subrayaron ferozmente los crímenes de toda especie. Y aun cuando en todo ello alcance cierta responsabilidad a los que se mostraron pasivos en los primeros momentos, ¿qué hacer ahora? ¿Cómo abdicar al Estado de su función primera? ¿A dónde nos conduciría la mansedumbre de la justicia después de la blandura en la represión? ¿Qué enseñanzas y qué alientos no tomaría de ahí el núcleo de revoltosos que habitualmente perturba en Barcelona, y qué diría mañana (ya lo han dicho hoy) de la responsabilidad de un Gobierno que con la dulzura mostraba su simpatía a los asesinos de la ciudad condal? Repase V. algunas colecciones atrasadas de la La Veu...
Además, aun cuando en todos estos casos las responsabilidades iniciales se diluyen en todo el cuerpo social, siendo los criminales unos lógicos inflexibles que sacan la última consecuencia, nunca menos que ahora puede invocarse esa argumentación. Dejemos la historia de errores, consagrada años atrás por el Estado y por el catalanismo. Cada cual ha roto cuantos vínculos de disciplina ha podido. Pero de tres años a esta parte, todo ha cambiado. El pueblo catalán, enseñoreándose de una honrada acción política, ha iniciado un admirable curso de civismo y emprendido una obra de educación colectiva, que es motivo de admiración entusiasta para los que la hemos presenciado. El Gobierno, por su parte, ha prodigado la ecuanimidad, la justicia, la rectitud, la diligencia en el bien obrar. Sociedad y Estado se apresuraban a lavar sus culpas. ¿Y es ahora cuando unos salvajes vienen a deshonrar toda esta obra generosa con atropellos espeluznantes? ¿Y el Gobierno y Barcelona han de ver manchada su historia en estos instantes? ¿Y bastará la decisión de unos cuantos facinerosos para trocar a una ciudad orgullo de España, en un baldón de la vida europea?
No nos ablandemos. Deplore que no se haya matado en el primer instante a algunos, para evitar lo posterior. Pero hoy... perezcan cuantos sean necesarios en justicia.
Temo el anatema de V. Dirá que tengo un criterio medieval. Pero entre el honor de Barcelona y la vida de unos cuantos amigos de Sol y Ortega, prefiero el sacrificio de éstos al peligro de aquél.
Y... ahora caigo en que le he dado a V. una lata. Perdóneme. Estoy tan interesado en las cuestiones de Cataluña, que no sé reprimir mis juicios y frecuentemente hago víctimas del desbordamiento de mi sentir a muchos de nuestros amigos comunes.
El serlo de V. me halaga en alto grado, porque me da ocasión de expresarle en la intimidad toda la admiración que me han inspirado sus escritos y la reverencia que tributo a la nobleza de sus pensamientos. Cuénteme siempre a sus órdenes y crea que si alguna vez necesita V. por aquí un eco de sus juicios, podrá contar con la buena voluntad de su amigo muy adicto, äNGEL OSSORIO.
FUENTE: J. BENET: Maragall, i la Setmana Trágica. Barcelona, Ediciones 62, 1965, pp. 147-149 y 266-269.