Los comienzos del turismo

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Los comienzos del turismo

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Cerca, muy cerca de los dieciocho millones de turistas han visitado la Península en el transcurso de los doce meses del año, que en estos días estamos finalizando.
Lo que hace, pues —como decía en un reciente discurso el director general de Empresas y Actividades Turísticas, señor Herrera Esteban—, el que podamos afirmar que el turismo es el gran motor de nuestro desarrollo económico y, sin ninguna duda, la primera industria exportadora, si se tiene en cuenta que en el año 1966, en su conjunto —y en el mundo— se movieron más de 140 millones de personas, de las cuales 17 millones y algo más del cuarto vinieron a España; lo que representó la movilización de más de 13.000 millones de dólares, de los cuales mil ciento cincuenta, aproximadamente, se quedaron en la Península.
Elocuentes datos, ciertamente, lo que nos ofrece el portavoz oficial. El que al hacer un resumen sobre el movimiento turístico puntualiza cifras del mayor interés. Así vemos que en el año 1951 —apenas si sabíamos algo interesante sobre el tema—nos visitó un millón de turistas que repartieron sus preferencias por Mallorca y la Costa Brava. Nueve años más tarde, o sea, en 1960, cuatriplicamos la cantidad, si bien persistía el empeño de conocer estos dos puntos pioneros de nuestro turismo.
Sigue al correr de los años la rápida ascensión en el barómetro que nos sitúa en 1966 como la segunda nación receptora, pisándole los talones muy de cerca a Italia, cuyos paisajes comienzan a ser muy conocidos del turismo habitual, y sus precios, excesivamente superiores a los nuestros. Es ésta una oportunidad que no hemos dejado pasar y que de cara al futuro nos abre insospechadas posibilidades.
Tan insospechada, que en el transcurso del último quinquenio nuestra planta de recepción, que es la que condiciona su capacidad, crece de una manera considerable, incrementándose la temporada pasada en 26.000 plazas hoteleras, para llegar a finales del pasado mes de noviembre a una cifra muy cercana a las 30.000; debiendo, además, tener en cuenta que los precios de los hoteles españoles —en igual categoría— son por lo menos de un tercio más baratos que los de los demás países competitivos.
Al socaire, pues, de esta experiencia, no sólo fue la industria hotelera la que se movilizó como primera avanzadilla receptora, sino que el número de apartamentos, chalets y «bungalows» comenzaron a extenderse por todas aquellas zonas de influencia turística que bien pronto adquirieron carta de naturaleza con relación a otras que por sus condiciones climatológicas estaban muy distantes de significar competencia alguna, y que vinieron a ser cordón umbilical, junto con los paradores y los «campings», que acogiera el número de plazas que la constante demanda exigía.
(...) No hemos sido partidarios, en ningún momento, de aceptar como bueno el criterio de que nuestro turismo necesita para su crecimiento de la cantidad, porque de ella salen los conocimientos humanos que nos acercan más a los unos de los otros —aun reconociendo que en esa cantidad pueda cifrarse el eslabón que necesitamos—para el logro definitivo de nuestra primacía mundial. Sí aceptaríamos este santo criterio si no llevase consigo las tremendas lacras que se aúnan en el «río revuelto» a que se da lugar, con el cúmulo de facilidades que se otorga a todo aquel que quiere visitamos. Y de ello hemos sido testigos presenciales durante los días que hemos recorrido la Costa Brava —en el verano pasado—, algunos de cuales hechos fueron transcritos en las croniquillas que publicaba «La Prensa» en su sección «El mundo del turismo». En ellas expusimos con claridad y sin apasionamiento alguno, las realidades que vieron nuestros ojos y es evidente que no quisiera ver repetidas la próxima temporada.
Este turismo, pobre de solemnidad, ni nos da prestigio ni nos produce divisas y sí muchos dolores de cabeza. ¿Para qué entonces ir en contra de la corriente? Es mucho más fácil, a mi juicio, dosificar esfuerzos, planear necesidades y crear estaciones veraniegas con los atractivos suficientes para que el gran turismo vuelva la mirada hacia la Península.
Para ello nada más fácil que crear puertos deportivos, concursos náuticos, casinos de juego —¿estamos o no a nivel europeo?—, competiciones internacionales, en las que figuren aquellas personas que por su reconocida valía sean lo suficientemente atractivas para garantizar un éxito, aunque ello signifique realizar unos dispendios que se verán enjugados a la primera oportunidad. Crear cuanto sea preciso para que ese gran turismo no se aburra melancólicamente, saturándose de exhibiciones folklóricas que, dosificadas en su justa medida, también pueden formar parte del programa, sin que tenga que conformarse con el paisaje, el sol y la innata simpatía de los nativos ( ... ).
Este turismo que se sentiría atraído por cuanto le ofreciéramos sí que nos daría prestigio y divisas, y hasta es muy posible que contagiase a la extraordinaria legión que componen los económicamente más débiles —pero no mendigos, de los que hemos visto muchos esta temporada— a participar de buen grado en los atractivos que tenían a su alcance.
( ... ) Es indudable, pues, que esta vorágine turística, cuyos datos hemos esbozado a vuela pluma, pero que significan las condiciones óptimas en las que se encuentra España, no solamente en cuanto a función dineraria se refiere, sino a prestigio receptivo, que en definitiva cuenta tanto o más a la hora de las recapitulaciones, nos ofrece esas posibilidades magníficas de las que nos encontrábamos muy lejos hace apenas quince años, y en las que estamos inmersos muy favorablemente en estas fechas.
FUENTE: Enrique F. RUANO: La Prensa. Barcelona, 30 de diciembre de 1967.