El contubernio de Munich, 7- 8 junio 1962

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El contubernio de Munich, 7- 8 junio 1962

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Es, por evidente, casi obvio señalar que el europeísmo en España ha tenido posiciones no sólo divergentes sino antagónicas en la medida que se partía de dos concepciones diferentes de la «conciencia». Desde una de estas perspectivas, la unificación europea estaba íntimamente enraizada con la misma esencia de la democracia pluralista, los partidos políticos, los sindicatos libres y las libertades públicas que quedaban perfectamente enunciados en el preámbulo del Estatuto del Consejo de Europa firmado en Londres el 5 de mayo de 1949: «Todo miembro del Consejo de Europa reconoce el principio de la preeminencia del Derecho, y el principio en virtud del cual toda persona sometida a su jurisdicción debe gozar de los derechos del hombre y de las libertades fundamentales... ».
De otro lado, el vuelco de la guerra hacia las potencias aliadas supuso el abandono de las tentaciones imperialistas y las especulaciones sobre el «nuevo» nazi que había producido abundante literatura afirmativa de las identidades entre las revoluciones nacionales de España, Alemania e Italia y que, ante la trágica muerte de Hitler, había escrito un epitafio alucinante: Un enorme ¡presente! se extiende por el ámbito de Europa, que Adolfo Hitler, hijo de la Iglesia católica, ha muerto defendiendo la cristiandad. Muere Adolfo Hitler por la libertad de Europa» (Informaciones, 2 de mayo de 1945). De ese resultado se deriva un cambio de actitud que finaliza por encajar un nuevo concepto del europeísmo puramente aséptico y que tecnifica sus planteamientos.
Ya hemos indicado que la iniciativa del Gobierno español solicitando el ingreso en la CEE produjo una reacción inmediata en los medios de la oposición democrática española que nutría las dos «medias» con que gustaba a Salvador de Madariaga designar a los españoles del exilio y del interior, entre los que subsistían el mutuo desconocimiento y el recelo consiguiente a quienes habían vivido una experiencia trágica, todavía reciente y sin cicatrizar. Pero había un punto de coincidencia importante, que era el deseo de superar los enfrentamientos del pasado y la esperanza de un futuro democrático común, junto a los otros pueblos de la Europa libre.
El Movimiento Europeo servía así de punto de contacto y lugar de encuentro de dos trayectorias distintas. No era fácil romper con el pasado y saltar todo un río de sangre que los separaba y, aunque hoy pueda resultar incomprensible, hubo de hacerse un esfuerzo titánico de generosidad para vencer todas las dificultades. Porque las hubo y grandes; y en el caso de los del interior, aumentadas por el riesgo de quien debía enfrentarse con un ambiente hostil y una acción represiva del Gobierno franquista.
El proyecto de una reunión europeísta en Palma de Mallorca, que había hecho fracasar la ceguera del ministro de la Gobernación, y la oposición del Gobierno a la Conferencia España-Europa del Movimiento Europeo, dieron paso a la convocatoria de una reunión, a la que antes nos referíamos, en el marco del propio Movimiento Europeo, que había de celebrar su IV Congreso en el mes de junio de 1962, en la ciudad de Munich.
Pienso que sin la actividad desplegada por quienes creían en el proyecto no hubiera sido posible la reunión de Munich, que más tarde alcanzaría toda su notoriedad con la denominación franquista de «contubernio». Robert Van Schendel, secretario general del Movimiento Europeo desde 1955, que trabajó al lado de los eminentes y míticos padres de la Europa Unida, como Robert Schuman, Walter Hallestein, Jean Rey, Maurice Faure, que conocía perfectamente toda la problemática del europeísmo español, que desde su perspectiva había asumido la tragedia de un pueblo dividido, que se sentía un español más, y de corazón.
José María Gil-Robles, presidente de la Asociación Española de Cooperación Europea, asumió desde el interior la responsabilidad de coordinar la asistencia y los trabajos para el congreso en condiciones nada fáciles, pues la inquietud que inspiraba el encuentro de quienes se habían enfrentado sangrientamente en el año 1936 era manifiesto e inevitable.
Las dos organizaciones europeístas españolas que sostuvieron el congreso (Consejo Federal Español del Movimiento Europeo y la Asociación Española de Cooperación Europea) contaron, en lo fundamental, con el apoyo decisivo de Salvador de Madariaga, Manuel Irujo, Fernando Varela y Rodolfo Llopis desde el exilio, y Dionisio Ridruejo, Jesús Prados y Joaquín Satrústegui desde el interior.
Cuando la represión franquista, más o menos intensa, afectó a los asistentes hubo una cierta reacción entre parte de los perseguidos que los llevó a pensar si no habrían sido objeto de una «encerrona» por parte de los organizadores, haciendo especial e injusta objeción a Vidal Beneyto, Pepín, que, al tener que pasar clandestinamente, con Ridruejo y algún otro, dos fronteras, llegaron a Munich con cierto retraso.
Las dos reuniones «separadas» fueron el punto clave de la tensión preliminar por el confusionismo creado en torno al tema, producto de un error o mala información, pues los exiliados creyeron que la reunión sería conjunta y los del interior viajaron convencidos de las mesas separadas. Evidentemente, con esta confusión nada bueno se presagiaba y hubo de hacerse un extraordinario esfuerzo para llegar al punto de acuerdo de que hubiera dos etapas; la primera con las comisiones separadas, posteriormente la reunión conjunta; pero al final incluso hubo intercambio de presencias en las respectivas salas. Lo que realmente pasaba era, hasta cierto punto, natural entre quienes debían derribar una barrera levantada por una guerra civil y una propaganda machacona de odios viscerales. Pero la tensión fue cediendo y, sin pactos ni entregas, se rompió el muro de la incomprensión y se inició un verdadero y extenso diálogo sobre Europa, sobre la Europa democrática y la posible integración española. Cuando se lee ahora el texto de la declaración aprobada, da hasta cierto rubor por su timidez y cautela, no justificando, en modo alguno, la reacción medio histérica del régimen franquista.
Podrá parecer, si se quiere, un tanto emotivo y literario el relato que publicó uno de los asistentes, Fernando Baeza, con motivo de celebrarse el XX aniversario de aquella fecha:
«Se escuchaba la voz de Salvador de Madariaga: “Yo os aseguro que, en la historia de España, el Congreso de Munich será un día singular y preclaro. La guerra civil que comenzó en España el 18 de julio de 1936, y que el régimen ha mantenido artificialmente con la censura, el monopolio de la prensa y radio y los desfiles de la victoria, la guerra civil terminó en Munich anteayer, 6 de junio de 1962.” Junto a mí estaba Dionisio Ridruejo. Sólo comentó: “Lo hemos conseguido”. Volví la cabeza y encontré la mirada humedecida de Enrique Ruiz García, que susurró: “Hoy, Fernando, sí comienza a amanecer”.
En Munich, evidentemente, se inicia una nueva etapa de la oposición que, desde aquel día, aparece con nuevas perspectivas, siendo como un primer paso hacia la unidad de todas las fuerzas democráticas y, como dice un agudo comentarista, «la misma bifurcación de sus comisiones de trabajo era todo un modelo de cómo ir resolviendo los problemas políticos e ideológicos que dividían a una oposición que coincidía en la necesidad de una superación de la dictadura por medio de un acuerdo nacional».
( ... ) La reacción represiva tan fulminante nos sorprendió al superar todas las previsiones. El Decreto-ley de 8 de junio por el que el general Franco suspendía la vigencia del artículo 14 del Fuero de los Españoles fue una medida extrema y hasta alarmante, y la campaña de calumnias y ataques personales a los participantes desbordó todas las cotas conocidas hasta entonces. Hay quien piensa que en la acción gubernamental influyó el ambiente de inseguridad que se había creado en la primavera de 1962 con una oleada sucesiva de huelgas en Asturias, Cataluña y el País Vasco, como no había tenido lugar en toda la historia del franquismo.

FUENTE: Fernando äLVAREZ DE MIRANDA: Del «contubernio» de Munich al consenso. Barcelona, Ed. Planeta,
1985, pp. 31-34.