Carta del general Franco al Papa sobre el derecho de presentación para el nombramiento de los obispos, 12 junio 1968

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Carta del general Franco al Papa sobre el derecho de presentación para el nombramiento de los obispos, 12 junio 1968

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Santísimo Padre:
Vuestra venerada carta de 29 de abril último sobre el tema de tanta trascendencia como es el de los nombramientos episcopales ha merecido, por mi parte, la más filial acogida y detenida reflexión.
El llamamiento paternal de Vuestra Santidad, reiterando el ruego formulado a este propósito por el II Concilio Vaticano, ha de encontrar un inmediato eco en mi ánimo de fiel hijo de la Iglesia, sin olvidar aquellos imperativos del orden legal y político que atañen a mi deber y responsabilidad de gobemante y que respetuosamente someto a Vuestra consideración.
El antiguo derecho de presentación para las sedes episcopales en España -reconocido a nuestros reyes en atención a la misión apostólica que la propia Iglesia les encomendó- fue modificado en su esencia por el convenio de 1941 al transformarse en un verdadero sistema de negociación, incorporándolo luego al Concordato de 1953, dentro de un contexto jurídico que establece recíprocos derechos y obligaciones.
Este sistema, a nuestro juicio, ha sido compatible con la libertad de la Iglesia, no sólo por los términos en que está regulado, sino por la aplicación práctica de los mismos, inspirada siempre en el máximo respeto a los derechos y aun a los deseos de la Sede Apostólica.
Por otra parte, no puede olvidarse que siendo el procedimiento para las designaciones episcopales en España parte fundamental de un pacto solemne entre la Santa Sede y el Estado español, como es el Concordato vigente, cualquier modificación, en virtud del ordenamiento jurídico español, necesita, además de la aprobación del gobierno, el concurso de las Cortes.
En cuanto a la opinión pública española a que se refiere la venerada carta de Vuestra Santidad —opinión que he de apreciar en su conjunto y cuyas diversas reacciones conozco por llevar tantos años al frente del gobierno— estoy seguro de que no aprobarían una renuncia unilateral por parte del Estado sin que al mismo tiempo se revisen aquellos otros puntos que, siguiendo las orientaciones de la Gaudium et Spes, pueden constituir impedimentos para el testimonio cristiano que reclama la sensibilidad del mundo actual.
En estas circunstancias, mi gobierno, sintiéndose intérprete de la nación española y deseoso de acoger el ruego de Vuestra Santidad, está dispuesto a llegar a una revisión de todos los privilegios de ambas potestades dentro del espíritu de la constitución conciliar antes citada y en consonancia con la declaración hecha pública a este propósito por nuestro episcopado.
Por las razones expuestas, con filial sinceridad y sin ningún apego personal a privilegios ni honores que puedan empañar el testimonio de mi fe católica ni de mi devota adhesión a la Cátedra de Pedro, estimo, Santísimo Padre, que una revisión y puesta al día del vigente Concordato perfeccionaría, después del segundo Concilio Ecuménico Vaticano, las buenas relaciones felizmente existentes entre la Iglesia y el Estado español.
Con honda emoción he de agradecer a Vuestra Santidad la Bendición Apostólica para mi familia y para toda la nación española que acompaña a su venerada carta, así como las palabras que dedica a la labor realizada por mis gobiernos desde el día, venturosamente ya lejano, en que hube de tomar las armas como último recurso para detener la disolución misma de la sociedad civil y para «defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la religión», en frase de vuestro preclaro antecesor el papa Pío XI.
Al tener el altísimo honor de poner esta carta en manos de Vuestra Santidad, me complace reiterar mi devota adhesión al Vicario de Cristo y solicitar, filialmente, la Bendición Apostólica.
Muy Santo Padre, de Vuestra Santidad devotísimo hijo.
En el Pardo, a 12 de junio de 1968. Francisco FRANCOFUENTE: Federico SILVIA MUÑOZ: Memorias políticas. Barcelona, Ed. Planeta, 1993, pp. 182-183.