Alegato español sobre Gibraltar, mayo 1966

| Proyecto de innovación docente. Historia Contemporánea | Administración electrónica |

Alegato español sobre Gibraltar, mayo 1966

Descargar versión en PDF

Gibraltar ha sido, para los españoles, fundamentalmente, la base extranjera en el territorio nacional, el cuerpo extraño en el propio organismo, sirviendo a unos intereses ajenos que rozan ásperamente con los de España. Ha significado una desmembración de nuestro territorio, una solución en la continuidad de nuestras costas, una especie de cuña militar que ha entorpecido las comunicaciones entre dos mares y las relaciones entre dos continentes. Gibraltar está situado en uno de los puntos vitales de la geografía española y ha sido siempre preocupación fundamental de los españoles, que han luchado secularmente por conservarlo o reintegrarlo, si estaba en otras manos, a la totalidad del territorio. Hasta tal punto esto es así, que una de las cláusulas más importantes del testamento político de la reina Isabel la Católica —en el momento en que existían ya definitivamente la idea y realidad totales de la unidad española—, es la que manda a sus sucesores la conservación inflexible de la plaza de Gibraltar y prohibe que la den ni enajenen jamás. Pero no sólo ha sido una desmembración territorial de España, sino que Gibraltar ha producido una constante mediatización en los asuntos interiores y exteriores españoles.
Gibraltar como base militar significa un peligro constante para España. Precisamente la evolución que ha sufrido desde que nació como una fortaleza británica más en el siglo xviii, hasta hoy, en que la Roca es un lugar de cooperación militar internacional, en la que no participamos, la ha convertido en un riesgo que se ha extendido a todo el territorio nacional y que España soporta a título gratuito ( ... ). La práctica adscripción de Gibraltar al servicio de la OTAN ha aumentado los peligros y, es más, el dedo acusador de todo un bloque militar rival del Atlántico ha acentuado esta peligrosidad, dando a entender en las Naciones Unidas que al no pedir España, pura y simplemente, la eliminación de la base gibraltareña estaba asumiendo voluntariamente los riesgos que entraña la misma.
El Gobierno español, consciente de esta nueva y sombría amenaza que se cierne
sobre toda España, se ha visto obligado a declarar en términos inequívocos que para
nosotros Gibraltar no es una base al servicio de la OTAN. En consecuencia, el 20 de
enero de 1966, se enviaba a todos los países miembros de la Alianza Atlántica —Con
excepción de Inglaterra— una nota en la que, después de afirmarse que el status gibral
tareño había sido fijado bilateralmente por España y el Reino Unido —status actual
mente en discusión—, nuestro país no podía considerar a Gibraltar como una base al
servicio de la Organización Atlántica y no estaba dispuesto, por lo tanto, a conceder las
facilidades que de él dependan para su utilización por los miembros de la misma ( ... ).
Los trabajadores españoles, auténtica población activa de Gibraltar, nunca han
podido residir en la Roca porque las leyes británicas así se lo han prohibido. A dia
rio han tenido que pasar la frontera abandonando el territorio en donde dejaban su
esfuerzo de todos los días. Son los exiliados de Gibraltar, los parias históricos de la
ciudad, los que no han tenido ni voz ni voto en los asuntos gibraltareños; son, ver
daderamente, la otra población de Gibraltar a la que nadie se refiere, de la que no
se habla cuando se aborda el futuro de la Roca, pero que está ahí y de la que depen
de —al menos en el día de hoy— la vida cotidiana de Gibraltar. Detrás de ellos, en la
zona española vecina, están sus familias formando un núcleo demográfico que acaso llegue a los 40 o 50.000 habitantes y sobre los que ha operado -repito- un verdadero colonialismo ( ... ).
Españoles de todas las ideologías políticas y de todas las clases sociales han coincidido siempre en una reclamación que a lo largo de doscientos sesenta y dos años se ha manifestado en tres sitios militares, millares de combatientes muertos, innumerables gestiones diplomáticas, numerosas conversaciones de estadistas, seis intentos de canje y una bibliografía inmensa y unánime, que es la fuerza moral más importante del Gobierno español en el instante de estas conversaciones. Quizá para los oídos británicos tengan especial resonancia y significación unas palabras escritas el 29 de octubre de 1935 por don Salvador de Madariaga, entonces representante de España en la Sociedad de las Naciones, en un Informe al ministro de Estado español, que se encuentra guardado en el archivo de nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores. Relatando el señor Madariaga una conversación suya con Mr. Anthony Eden, da cuenta de que tocó «otra vez el punto de la ocupación de un territorio tan evidentemente nacional como Gibraltar, recordándole que no se trataba de una isla de nacionalidad más o menos disputable como Malta, sino de un trozo de territorio nacional, indiscutiblemente español, caso único en la geografía europea».FUENTE: Emilio RoMERO: Un desnudo de la historia. Barcelona, Ed. Planeta, 1992, pp. 39-42.