Desfile de tipos populares -el cerillero, el recadero, el tuberculoso, el marica, el opositor a notarías, el sereno, la criada, el chamarilero, el estudiante de medicina- y así hasta 346 personajes, entre reales e imaginarios, con los que Cela refleja sin compasión la vida miserable del Madrid de la postguerra. Tal cantidad de personajes aportan una visión a la vez detallada y profunda de la desventurada vida de las capas populares de la capital.
Don Ibrahim le decía al señor juez:
—Mire usted, señor juez, nosotros nada hemos podido esclarecer. Cada vecino registró su propio domicilio y nada hemos encontrado que nos llamase la atención.
Un vecino del principal, don Fernando Cazuela, Procurador de los Tribunales, miró para el suelo; él sí había encontrado algo.
El juez interrogó a don Ibrahim.
—Vayamos por partes, ¿La finada tenía familia?
—Sí, señor juez, un hijo.
—¿Dónde está?
—¡Uf, cualquiera lo sabe, señor juez! Es un chico de malas costumbres.
—¿Mujeriego?
—Pues no, señor juez, mujeriego no.
—¿Quizás jugador?
—Pues no, que yo sepa, no.
El juez miró para don Ibrahim.
—¿Bebedor?
—No, no, tampoco bebedor.
El juez ensayó una sonrisita un poco molesta.
—Oiga usted, ¿a qué llama usted malas costumbres? ¿A coleccionar sellos?
Don Ibrahim se picó.
—No, señor, yo llamo malas costumbres a muchas cosas; por ejemplo, a ser marica.
—¡Ah, vamos! El hijo de la finada es marica.
—Sí, señor juez, un marica como una catedral.
—¡Ya! Bien, señores, muchas gracias a todos. Retírense a sus cuartos, por favor; si los necesito ya les requeriré.
Los vecinos, obedientemente, se fueron volviendo a sus cuartos. Don Fernando Cazuela, al llegar al principal derecha, se encontró con que su mujer estaba hecha un mar de llanto.
—¡Ay, Fernando! ¡Mátame si quieres! Pero que nuestro hijito no se entere de nada.
—No, hija, ¡cómo te voy a matar con el juzgado en casa! Anda, vete a la cama. ¡Lo único que nos faltaba ahora es que tu querido resultase el asesino de doña Margot!.