A S.M. El Rey Don Juan III
SEÑOR:
El que en estos momentos amargos de miseria y de injusticia que está viviendo nuestra España, V.M., que por el puesto que la Providencia le ha colocado tiene una sagrada misión que cumplir y una cuenta que rendir en su día ante Dios y ante los hombres, esté inactivo, me hace pensar o que las informaciones que le llegan son deformadas o que los consejos proceden de hombres incapaces de comprender y por lo tanto incapaces de enfrentarse con los tiempos grandiosos que tenemos la suerte de vivir.
Sé, que algunos de los consejos que a V.M. le dan, están basados en la teoría de que estándose quieto, la breva le caerá a la boca. Yo, al saberlo, hice llegar a V.M. verbalmente, y hoy lo hago por escrito, mi opinión: Esto no es cierto. Pero aunque lo fuera, V.M. no debe esperar y antes de que caiga la fruta debe subirse al árbol y romperse los pantalones y hacerse sangre; porque la España viva, la que se formó a tiros en las calles y luego en la guerra, desprecia las cosas fáciles y sólo se deja arrastrar por actitudes heroicas y gallardas.
Hoy y porque creo que ha llegado la hora de dar este paso, voy a cumplir con el deber de hacer llegar a V.M. mi verdad, con el lenguaje claro y preciso que la verdad impone. Voy a exponer, cómo veo la situación de España. Sus causas. Y sus remedios.
Situación de España.
Los que ganaron la guerra y antes prepararon el Movimiento lo hicieron porque les ahogaba aquel régimen de injusticia y de privilegios en que vivían; el cinismo con que era impuesto; y sobre todo la frialdad con que estaban deshonrando y deshaciendo a España.
( ... ) En vez de esto, hemos desembocado en una cosa más injusta y cínica que aquélla. En un absolutismo tiránico en el que nada cuentan la historia, los méritos, la preparación, ni los éxitos. Sólo el capricho del tirano o el de sus secuaces rige, y el atropellado, el vejado y escarnecido no tiene dónde pedir justicia y paz. Sus más elementales garantías personales no existen a los tres años de terminada la guerra; hay miles de desgraciados que llevan años y años presos sin saber por qué; hombres de magnífica historia que llevan también años, presos o desterrados, sin más culpa que adorar a la verdad y a la Patria y no someterse a los caprichos de las camarillas de ineptos y de inmorales. Y desde los barrotes de su cárcel o desde la soledad de su destierro cada día ven con más tristeza y con menos resignación cómo esta selección al revés está corrompiendo y deshaciendo a España.
La inmoralidad más cínica y desaprensiva ha llegado a todas las esferas y a todas las profesiones: el granujilla y el señor respetable, en la plaza pública y en los despachos más altos, comercian fríamente con la pobreza de España y con la miseria de los españoles y se amasan ilícitamente fortunas que ponen en irritante contraste el lujo más desordenado más desenfrenado con la más espantosa miseria. El estraper
lo que en singular tanto nos indignó en la época más abyecta de la administración española hoy todo lo invade y todo lo rige y está creando un clima irrespirable que a todos asfixia.
El Gobierno, ante este estado de cosas, reacciona de un manera infantil y ridícula; promulga leyes terribles que luego no tiene fuerza moral para aplicar; impone multas que resultan un castigo ridículo, un tanto por ciento reducidísimo de las ganancias del estraperlista y la ruina para el que va a buscar lo que no le da la cartilla de racionamiento y no quiere que se mueran de hambre sus hijos o los animales con los que se gana el pan.
Una miseria terrible e inhumana, además de matar de hambre a miles de españoles está preparando generaciones enteras de tuberculosos. La injusticia, que mantiene en la cárcel años y añosa pobres desgraciados sin tomarles declaración está creando tuberculosos morales llenos de rencor y de odio que durará también durante generaciones si una mano generosa y hábil no cura a tiempo esas heridas.
Mi primera alarma fue al ver que hombres que habían traicionado tenazmente al Movimiento ocupaban puestos de primera fila. Que gente con historia dudosa y hasta masones calificados intervenían decisivamente en la ordenación del incipiente Estado. Que el altruismo voluntario del Ejército era desvirtuado oficialmente al disponer que hubiera recompensas creando un problema (el más grave que tiene hoy día el Ejército), despertando ambiciones y desencadenando luchas que quebrantaron el compañerismo y en muchos casos la dignidad personal y que nos ha llevado a un estado de división y de odio desconocido hasta ahora en el Ejército. En diciembre del año 36 escribí el primer artículo dando la voz de alarma y desde entonces he sentido en mi carne la labor constante, hábil y eficaz de este terrible enemigo.
( ... ) El Partido es terriblemente odiado por el pueblo. El Ejército y el Partido se odian cada día más; por la actuación insensata de muchos jerarcas; por la injusta desigualdad de que al mismo tiempo que mozalbetes que no han podido terminar el bachillerato por vagos o por brutos, cobren 30.000 pesetas, capitanes selectos tienen que pedir a su coronel que les venda remolacha del forraje de los caballos para que sus hijos no se mueran de hambre (...).
Remedios.
Lo primero que hace falta para atacar con probabilidades de éxito a un enemigo fuerte y audaz como el nuestro, es un mando único. Creo que el que más voluntades puede aunar, procediendo con habilidad y acierto, es V.M. Por eso, y para dar este primer paso, que considero fundamental de tener un Caudillo, me dirijo a V.M. y pido a Dios que guíe su actuación y le ilumine en estos momentos que pueden ser decisivos para mi Patria.
Sentada esta base fundamental, voy a hacer un análisis de los medios con que cuenta actualmente V.M. y la verdad es, que no son muchos. Piensan en V.M. distintos sectores de ideas y propósitos totalmente opuestos y con poca fuerza, más que por falta de número por lo heterogéneo de sus aspiraciones.
Apoyan a V.M.: ante todo los idealistas de buena fe, que sólo en la Monarquía ven la grandeza de su Patria; los que piensan en negativo y sólo quieren destruir esto sin pensar con qué sustituirlo; los que añoran el régimen en que nacieron y han vivido; los que no les molesta el régimen de privilegio sino el no ser ellos los privilegiados y recuerdan tiempos de un esplendor de que ahora no gozan; los resentidos y desilusionados; los rojos que ven en la monarquía un medio de ganar su libertad para una vez libres tratar por todos los medios de derrumbarla.
Entre el elemento joven del Ejército, y en la Falange, no tiene la monarquía muchos partidarios; el requeté no acepta por ahora a V.M., aunque los jefes con que he hablado comprenden la fuerza de mis razonamientos. A este núcleo que forma la España viva y fuerte; que es el que podría traer la Monarquía y consolidarla después, hay que convencerle, y a éstos, sólo los hechos les arrastran.
El camino a seguir (insisto en que esta es mi verdad, que puede no ser la verdad exacta) es el siguiente: en el mundo hay una guerra que decidirá su suerte durante siglos. De un lado, nuestro enemigo (el judaísmo, con sus hijos predilectos, la masonería, la plutocracia y el comunismo unidos ya a la luz del día, sin disimulos ni disfraces) lucha para mantener el régimen de injusticia y de opresión. De otro lado, los nuestros, los oprimidos, los que sufren injusticia. El presenciar inactivos la contienda es suicida; debemos acercarnos a los nuestros, y en concreto, a Hitler, como la figura más representativa del nuevo orden y también porque las aspiraciones de España y Alemania van en direcciones divergentes y nunca se podrán encontrar; mostrarlo nuestra actual situación, pedir su apoyo para reorganizarnos rápidamente, y después colaborar en la obra grandiosa y humana por él emprendida. Si esta ayuda nos es ofrecida en la forma que un amigo ayuda a otro sin pedir por su desinteresada amistad más que nuestra amistad leal, hay que empezar a actuar en el interior, y decirle al País lo que se va a hacer, y garantías que se le dan de que no va a ser una vez más defraudado; en un manifiesto vibrante, humano, generoso y viril; al mismo tiempo, nombrar un Cuartel General, Consejo Real o como quiera llamarse, que bajo el mando de V.M. empiece a actuar con toda energía sin contemplaciones ni sensiblerías; se trata de salvar a la Patria.
Del acierto en el manifiesto y en la elección del Consejo, dependerá el que nos pongamos o no a las órdenes de V.M. los que pusimos toda nuestra alma en la preparación del Movimiento y después en la guerra porque soñábamos y seguimos soñando en la España Una, Grande y Libre. ¡¡¡Arriba España!!!.
Yo os ruego humildemente, Señor, que si mi brusco estilo de soldado, o mi falta de habilidad, han dejado deslizar algo que pueda causar la menor molestia a V.M., me perdone en atención a que siguiendo la trayectoria de mi vida, trato una vez más de servir a mi Patria.
SEÑOR
A los RR.PP. de V.M.FUENTE: Eugenio VEGAS LATAPIE: La frustración en la Victoria. Madrid, Ed. Actas, 1995, pp. 318-322.