BAROJA, Pío (1904). Mala hierba.

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BAROJA, Pío (1904). Mala hierba.

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Después de La busca y antes de Aurora roja, Mala hierba forma parte de la trilogía La lucha por la vida. Los personajes se mueven en el mundo del hampa madrileña de finales del siglo XIX y están fielmente copiados de la vida real, merced a la extraordinaria capacidad de observación del autor, aficionado él mismo a curiosear en la bohemia y los bajos fondos en busca de tipos y situaciones para trasladar a sus novelas. Por ejemplo, la escena del fusilamiento del soldado junto a la Cárcel Modelo fue presenciada por el propio Baroja.

Salieron a la plaza de la Moncloa. En una esquina de la cárcel había un grupo de gente. Estaba amaneciendo. Una franja de oro se formaba en el horizonte. Por la calle de la Princesa subía un escuadrón de Caballería; presentaba un aspecto extraño a la luz vaga del amanecer. Se detuvo el escuadrón frente a la cárcel.
—A ver si nos dan la entretenida y lo fusilan en otra parte —decía un vejete, a quien la idea de madrugar y no presenciar la ejecución debía de parecer en extremo desagradable.
—Hacia San Bernardino es donde lo fusilan —anunció un golfo.

Todos echaron a correr. Efectivamente, debajo de unos desmontes próximos al paseo de Areneros formaban los soldados el cuadro. Había un público de cómicos, trasnochadores, coristas, prostitutas, subidos en coches simones, y una turbamulta de golfos y de mendigos. El espacio despejado era extensísimo. Vino un furgón gris y entró en medio del cuadro a la carrera; bajaron tres figuras que parecían muñecos; los dos de a los lados del reo llevaban sombrero de copa. No se veía bien al soldado.
—¡Bajad las cabezas —decían los del público, los que estaban atrás—, que veamos todos!
Se destacaron ocho soldados de Caballería con fusiles cortos y se pusieron delante del reo; se conoce que no quedaron bien de frente, porque, moviéndose de lado, como un animal de muchas patas, anduvieron algunos metros. El sol brillaba en la arena amarilla del desmonte, en los cascos y correajes de los soldados. No se oyó voz de mando: los fusiles apuntaron.
—¡Bajad las cabezas! —gritaron otra vez con acento irritado los que se hallaban colocados en tercera y cuarta fila.
Sonó una detonación sin fuerza; poco después se oyó otra.
—Es el golpe de gracia —murmuró Vidal.
Todo el mundo echó a andar hacia Madrid; se oyó estrépito de tambores y cornetas. El sol brillaba en los cristales de las casas. Iban Manuel, Vidal y las dos mujeres por el paseo de Areneros cuando oyeron otra detonación.
—Se conoce que no había muerto —añadió Vidal, más pálido.
Estaban los cuatro preocupados.
—¿Sabes? —dijo Vidal—. Se me ha ocurrido una cosa para quitarnos la mala impresión de esto: irnos a merendar esta tarde.