BAROJA, Pío (1928). Humano enigma.

| Proyecto de innovación docente. Historia Contemporánea | Administración electrónica |

BAROJA, Pío (1928). Humano enigma.

Descargar versión en PDF

La figura central de Humano enigma, tomo XVII de las Memorias de un hombre de acción, es la enigmática figura (de ahí el título) del conde de España, que dejó fama de sanguinario tanto durante el período absolutista de Fernando VII como en la guerra civil como general en jefe en Cataluña del bando carlista. A Baroja, que se documentaba escrupulosamente para sus novelas históricas, no sólo le interesaba la imagen popular de este siniestro personaje sino también otros aspectos de su personalidad menos negativos, como la dignidad de su figura de aristócrata del Antiguo Régimen o su condición de hombre cultivado, trazando con estos contrastes uno de los retratos más vivos de un personaje histórico del siglo XIX.

Viajando de noche, y a pesar de su corpulencia denunciadora, logró burlar la vigilancia francesa y meterse en Tolosa de Francia; desde allí salió en un carro cargado de heno, en cuyo centro se hizo un hueco para que pudiese pasar con toda comodidad las horas que debía viajar en el carro. Llegó a Saint-Girons y se preparó para la parte más crítica de su viaje.

Aseguró que no podía andar ni tenerse en pie, y los fieles acompañantes construyeron una camilla; en ella se tendió el conde y así fue conducido en hombros de cuatro mozos fuertes, que se mudaban a trechos para pasar la frontera hasta Andorra. Siguió en su camilla hasta San Lorenzo de Morunys, la primera villa de Cataluña donde se dio a conocer y a la que llegó el primero de julio de 1838.

En San Lorenzo dio pruebas de que no había olvidado el talento que tenía para hacer efecto en la multitud. Quiso hacer su entrada a pie, sostenido en brazos de sus acompañantes, en medio de la gente agolpada para verlo. Echó una arenga patética, a la cual daban más dramatismo sus canas y el tono de su voz. Siguió marchando, y al pasar por delante de la iglesia se detuvo y dirigió la palabra a la comitiva y al pueblo.
—Entrad conmigo en el templo —dijo— y ayudadme a dar las gracias a Dios por los inmensos beneficios que me ha dispensado durante mi viaje y, sobre todo, por haberme concedido la dicha de poderme hallar otra vez entre mis amados catalanes.

Antes de entrar en la iglesia se cuadró con un santero o ermitaño, viejo, de barba blanca, y, acercándose a él, le dijo:
—Bendíceme, hermano. Los dos somos viejos y tenemos ya poca vida por delante. El ermitaño le bendijo, produciendo el asombro de la multitud. Estas maniobras, entre místicas y teatrales, producían la mayor admiración en el público. Entró la gente en tropel en la iglesia; el conde se arrodilló delante del altar, estuvo un rato en oración, dándose golpes de pecho, y luego se tendió en el suelo en cruz, prorrumpiendo de cuando en cuando en gemidos y sollozos; después se levantó, subió las gradas del altar y, dirigiéndose al pueblo, echó un sermón tierno y patético, digno de un apóstol. Grandes y pequeños, seglares y eclesiásticos, militares y paisanos, todos conmovidos, lloraban a lágrima viva y lloraban más porque veían al conde de España también derramando lágrimas como un niño mientras predicaba.

Era difícil comprender, teniendo en cuenta el carácter del conde, si aquello iba de burlas o de veras; al parecer, algunos que creían conocerle a fondo, no podían contener la risa al ver al general gimoteando y al oír los lamentos del pueblo congregado. Probablemente, éstos se engañaban y el conde era sincero. Aquello parecía una escena bíblica.