MOR DE FUENTES, José (1836). Bosquejillo de su vida y escritos.

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MOR DE FUENTES, José (1836). Bosquejillo de su vida y escritos.

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José Mor de Fuentes es un ilustrado aragonés, ingeniero, que sirvió en la Marina, tradujo a Tucídides del griego y a Goethe del alemán, y escribió sobre climatología, fontanería y otros asuntos tan prácticos como peregrinos. En esta su breve autobiografía, que Azorín tenía por la mejor prosa castellana de su tiempo, nos cuenta sus experiencias del 2 de mayo, que presenció en Madrid, su huída a Zaragoza y más tarde a París. Movido por su insaciable curiosidad, se adentra en todos los rincones de la capital francesa y nos ofrece en su Bosquejillo una extraordinaria descripción de su vida y costumbres. En París conoció también al ya anciano y olvidado Godoy, del que noS da una breve y generosa semblanza.

Fuíme, pues, para hacer tiempo a las Tullerías, embósqueme hacia el centro, y en una de las calles interiores me encontré con un francés llamado Esmenard, que había vivido mucho en Madrid y hablaba el castellano como los naturales. Iba en su compañía un sujeto de alguna edad, grueso, pero ágil, y de una traza regular. Llevaba levita azul y una cintita de condecoración en el ojal. Juzgué que era algún general francés de los muchos que hay allí retirados, y al incorporarme, por no incurrir en la malísima crianza, tan común, de usar una lengua que no entienden todos los presentes, les saludé y me puse a hablar en francés. Advertí luego que el desconocido se desviaba algún tanto, y como por otra parte su compañía no me interesaba en gran manera, me separé muy pronto. Al despedirme díjome Esmenard en castellano: «Tenemos que hablar.» «Cuando usted quiera», le contesté, y quedamos aplazados para la mañana siguiente en mi casa.
Apenas nos vimos me preguntó Esmenard: «¿No conoció usted a aquél que venía conmigo ayer tarde?» «No, por cierto, le contesté; sería algún general francés.» «¡Qué general, ni calabaza; si era Godoy! Verá usted lo que pasó luego, añadió; como nos oyó hablar castellano, me dijo: Ese parece español. Y habiéndole respondido quién era usted, contestó: «Pues no conozco otra cosa; ya siento no haberle hablado.» «Me pareció que le disgustaba mi presencia.» «Es que, dijo entonces Esmenard, en viendo una persona extraña se sobresalta todo, y más si se le figura que puede ser español.» «¿Qué, le dura todavía la paura de Aranjuez?» «Así parece», dijo, y hablamos de otros asuntos.

Pasados tres o cuatro días, acabado de comer, y en un pasadizo de los famosos de París que venía a caer debajo de mi cuarto, me encuentro con el susodicho; se para, se sonríe y me dice: «Quiero conocer a usted.» «Puede ser», le contesté, y le decliné mi nombre. «Ya dije la otra tarde a Esmenard que le conocía a usted mucho.» «No sé cómo puede ser eso, le repliqué encogiéndome de hombros, porque yo no iba por allá.» «Aunque la persona no venía, me dijo (con halagüeña sonrisa), me llegaban los escritos.» Y siguió en estos términos, casi requebrándome como a una Dulcinea, por donde inferí que no era tan irracional como suponíamos y pregonábamos cuantos no lo habíamos tratado.

Parece que está escribiendo unas Memorias que el Esmenard traduce en francés, sobre el tiempo de su ministerio o más bien reinado, que podrán contener interioridades sumamente interesantes. Con este motivo, y sin pretender visitarle, se me antojó dirigirle unos versos sin asomo de adulación ni de insulto, tratándole, al contrario, de náufrago y exhortándole a continuar su obra con la veracidad que requiere la imparcialidad histórica.