¿Qué hicieron pues los vocales de la Junta de Bayona firmando una constitución, y los demás españoles que la aceptaron, sino procurar sacar todas las ventajas posibles a favor de la independencia y libertad de la nación, apoyadas en razones de conveniencia política, que la experiencia reciente, y aún la de un siglo entero, había hecho conocer como la más provechosa y aún necesaria entre dos naciones a quienes su posición geográfica les dicta la utilidad de vivir unidas? Si se consideran las alternativas a que pudiera quedar expuesta la España de resultado de la abdicación de sus Soberanos, es preciso confesar que todas se hacían menos funestas evitando una revolución en el interior, y una guerra de conquista que la hiciese entrar en lucha contra las fuerzas de la Francia. He aquí lo que los diputados de la Junta de Bayona se propusieron y desearon evitar adhiriendo al nuevo Soberano que se daba a la nación, y el partido que juzgaron debía ella abrazar en aquellas circunstancias, como el único que podía salvar su existencia política y conservar en mejor estado todos sus recursos y sus fuerzas. Para darla el ejemplo, hicieron cuanto estuvo de su parte los hombres más autorizados de la nación, y admitieron del nuevo Monarca la confirmación de sus empleos. Y aún cuando se diga que algunos no estuviesen dispuestos a continuar en el caso de una guerra, no por eso dejaban de desear y preferir que no la hubiese, mirando esto como el último de los males y desgracias que podían venir a la patria.
Si el concepto que nuestros Soberanos tuvieron de las fuerzas del Emperador los decidió a abdicar en Bayona antes que exponer la nación a su ruina o a la pérdida de su independencia, eso mismo prueba que en su opinión esas fuerzas eran irresistibles. Porque ¿qué agravio no se haría a su justificación, a todas sus virtudes, y al amor y confianza que siempre tuvieron en sus pueblos, si se les supusiese una opinión contraria y que se sometieron sin necesidad? Varias de las cartas de nuestros Reyes, escritas antes de salir de España y publicadas después, están manifestando esta persuasión, constando por ellas mismas que el Señor D. Fernando VII no creía poder conservarse en el trono que su augusto Padre le había cedido, y que toda la nación estaba dispuesta a mantenerle, sino era reconocido por el Emperador de los Franceses. La imposibilidad de que la España resistiese a las fuerzas del Imperio francés es un principio tan calificado por la conducta y explicaciones de nuestros Soberanos, que parece indudable que los que han obrado en consecuencia y sobre el supuesto de esta imposibilidad, y abrazaron el partido único que ella presentaba, son los que se condujeron de un modo más propio para justificar la conducta de nuestros Príncipes en el concepto de todas las naciones y Soberanos de Europa.
Y si esta imposibilidad era reconocida y confesada por nuestros Soberanos hallándose aún en España, cuando su presencia sola valía tanto como duplicar las fuerzas de la nación, ¿quién podrá siquiera dudar que la posibilidad de resistir se disminuyó al infinito por la orfandad en que quedó la nación, por la anarquía que cundió en toda ella, por la insubordinación de los pueblos, por la subdivisión de la soberanía y las parcialidades de las Juntas provinciales que reasumieron el mando supremo, y finalmente por el desconcepto y desconfianza en que cayeron todas las autoridades superiores que el reino estaba acostumbrado a respetar?
FUENTE: Memoria de D. Miguel José de Azanza y D. Gonzalo D´Fárrill. pp. 111-112 y 116-117.