El llamamiento emancipador del peruano Viscardo, 1792

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El llamamiento emancipador del peruano Viscardo, 1792

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En fin, baxo qualquier aspecto que sea mirada nuestra dependencia de la España, se verá que todos nuestros deberes nos obligan a terminarla. Debemos hacerlo por gratitud a nuestros mayores, que no prodigaron su sangre y sus sudores, para que el teatro de su gloria o de sus trabajos se convirtiese en el de nuestra miserable esclavitud. Debémoslo a nosotros mismos por la obligación indispensable de conservar los derechos naturales recividos de nuestro criador, derechos preciosos que no somos dueños de enagenar, y que no pueden sernos quitados sin injusticia, baxo qualquier pretexto que sea; el hombre puede renunciar a su razón, o puede ésa serle arrancada por fuerza. La libertad personal no le pertenece menos esencialmente que la razón. El libre uso de esos mismos derechos, es la herencia inestimable que debemos dexar a nuestra posteridad. SerÍa una blasfemia el imaginar que el supremo bienhechor de los hombres haya permitido el descubrimiento del nuevo-mundo, para que un corto número de pícaros imbéciles fuesen siempre dueños de desolarle, y de tener el placer atroz de despojar a millones de hombres, que no les han dado el menor motivo de queja, de los derechos esenciales recividos de su mano divina; el imaginar que su sabiduría eterna quisiera privar al resto del género humano de las inmensas ventajas, que en el orden natural debía procurarles un evento tan grande, y condenarle a desear que el nuevo-mundo huviese quedado desconocido para siempre. Esta blasfemia está sin embargo puesta en práctica por el derecho que la España se arroga sobre la América; y la malicia humana ha pervertido el orden natural de las misericordias del Señor, sin hablar de la justicia debida a nuestros intereses particuIares para la defensa de la patria. Nosotros estamos obligados a llenar, con todas nuestras fuerzas, las esperanzas de que hasta aquí el género humano ha estado privado. Descubramos otra vez de nuevo la América para todos nuestros hermanos, los habitantes de este globo, de donde la ingratitud, la injusticia y la avaricia más insensata nos han desterrado. La recompensa no será menor para nosotros que para ellos. Las diversas regiones de la Europa, a las quales la Corona de España ha estado obligada a renunciar, tales como el Reyno de Portugal, colocado en el recinto mismo de la España, y la célebre República de las Provincias-Unidas, que sacudieron su yugo de hierro, nos enseñan que un continente infinitamente más grande que la España, más rico, más poderoso, más poblado, no debe depender de aquel reyno, quando se halla tan remoto, y menos aun quando está reducido a Ia más dura servidumbre.
El valor con que las Colonias Inglesas de la América, han combatido por la libertad, de que ahora gozan gloriosamente, cubre de vergüenza nuestra indolencia. Nosotros les hemos cedido la palma, con que han coronado, las primeras, al nuevo mundo de un soberanía independiente. Agregad el empeño de las Cortes de España y Francia en sostener la causa de los Ingleses-Americanos. Aquel valor acusa nuestra insensibilidad. Que sea ahora el estímulo de nuestro honor, provocado con ultrajes que han durado trescientos años. No hay ya pretexto para excusar nuestra apathía; si sufrimos más largo tiempo las vejaciones que nos destruyen, se dirá con razón que nuestra cobardía las merece. Nuestros descendientes nos llenarán de imprecaciones amargas, quando mordiendo el freno de la esclavitud, de la esclavitud que habrán heredado, se acordaren del momento en que para ser libres no era menester sino el quererlo. Este momento ha llegado: acojámosle con todos los sentimientos de una preciosa gratitud, y por pocos esfuerzos que hagamos, la sabia libertad, don precioso del cielo, acompañada de 'todas las virtudes y seguida de la prosperidad comenzará su reyno en el nuevo-mundo, y la, tiranía será inmediatamente exterminada.FUENTE: MIGUEL BATLLORI: El abate Viscardo. Historia y mito de la intervención de los jesuitas en la independencia de Hispanoamérica (Caracas 1958), lám. LXXV-LXXXIII.