ALARCÓN, Pedro Antonio de (1860). Diario de un testigo de la guerra de África.

| Proyecto de innovación docente. Historia Contemporánea | Administración electrónica |

ALARCÓN, Pedro Antonio de (1860). Diario de un testigo de la guerra de África.

Descargar versión en PDF

Pedro Antonio de Alarcón acompaña a las tropas de O’Donnell a Marruecos como corresponsal de guerra, el primero en la historia del periodismo español. Escrito en tono altisonante y retórico, muy acorde con el increíble fervor popular que acompañó a las tropas, el libro tuvo un éxito fulminante. Reelaborado el texto para la edición de 1880, fue un tanto aligerado de la ganga apologética, visto ya a la distancia el resultado, más bien magro, de la aventura. Pero en su momento, el entusiasmo popular fue genuino y las tropas se nutrieron sobre todo de voluntarios. Alarcón acompaña a las tropas en su penoso avance hacia Tetuán (acosadas por el mal tiempo, la epidemia de cólera y los guerrilleros moros), en la toma de Tetuán el 7 de febrero de 1860 y hasta el fin de la campaña. A medida que avanza el relato, crece su interés por el país y sus habitantes, moros y hebreos, por sus costumbres civiles y sus tácticas guerreras.

Los enviados marroquíes llegaron efectivamente a eso de las tres de la tarde. Las avanzadas del segundo cuerpo les condujeron a la tienda del general Prim, que se halla sobre el camino de Tánger. Eran los mismos que vinieron el día 11; acompañábales un criado más, montado en un caballo negro, que traía unos pequeños capachos tejidos con palma. De estos capachos sacaron un cajón de dátiles que regalaron al conde de Reus y siguieron su camino hacia el cuartel general de O'Donnell, acompañados del teniente coronel Gaminde y de una escolta de lanceros.

Recibida la noticia de su aproximación, hubo en el campamento del general en jefe un movimiento de vivísima curiosidad y de patriótico interés; formó la guardia a la puerta de la tienda de nuestro caudillo, quien penetró en ella seguido del general jefe de Estado Mayor y del intérprete Rinaldy, y una muchedumbre inmensa de oficiales y soldados abrió paso a los embajadores del príncipe vencido.

Estos avanzaron con aquella gravedad que no abandonan nunca los moros y que, unida a sus severas ropas talares, hace que jamás estén en ridículo, ni aun cuando atraviesan las más desfavorables circunstancias. Una vez dentro de la tienda del duque de Tetuán, reinó un profundo silencio en la multitud. A nadie se le ocultaba la solemnidad de aquel momento. El general O'Donnell había recibido el día antes las «condiciones» mediante las cuales el gobierno de Madrid accedería a firmar la paz con Marruecos... Entre estas condiciones –lo sé de buena tinta– hay una en que se pide la incorporación perpetua del bajalato y de la ciudad de Tetuán a la nación española... \\¡Qué imprudencia! – ha sido la primera exclamación de todo el ejército al saber esta noticia. Y después se ha encogido de hombros con arreglo a la ordenanza. Pero yo no soy tan militar o, por mejor decir, no estoy tan acostumbrado a serlo que pueda guardar silencio al ver que mi patria, arrebatada por una fantasía poética, se lanza de ese modo en un abismo.

Pedir a Tetuán es pedir la continuación indefinida de la guerra, la perpetuidad de las hostilidades con Marruecos, ya nos ceda su emperador esta plaza, ya nos la niegue. Si nos la niega, que nos la negará de seguro (y ya lo anuncian todos los moros y judíos con quien hablamos del negocio), la guerra será como hasta aquí de potencia a potencia, directa y oficial, franca y terminante, es decir, será una guerra que nos cueste 100.000,000 y tres o cuatro mil soldados por mes. En ella alcanzaremos mucha gloria, pero nos arruinaremos miserablemente y no lograremos otro resultado que dar un paseo por el interior de äfrica, cosa muy útil y provechosa, sobre todo en el verano, para volvernos después a España cargados de laureles y de deudas.

Si el emperador de Marruecos nos concede a Tetuán, la guerra continuará del mismo modo, pero mucho más desastrosa, porque será menos franca. Es decir, que estaremos oficialmente en paz, y entre tanto todas las kabilas del imperio rodearán a Tetuán, mal que le pese a S. M. Scherifiana (si es que antes no le arrojan del trono), y nos hostilizarán de día y de noche, nos bloquearán completamente y con más facilidad que a Ceuta y a Melilla, nos obligarán a tener veinte mil hombres establecidos en reductos por las sierras de estos contornos; gastaremos los mismos 100.000,000 de reales y los mismos cuatro mil hombres por mes, y esta situación tan lisonjera no tendrá fin hasta que consigamos exterminar o convertir al cristianismo a los diez millones de habitantes que, según dicen, comprende este vasto imperio.