Al rayar el día empieza lentamente el movimiento de este pueblo numeroso. Se abren sus puertas para dar entrada a infinidad de aldeanos que conducen las producciones de sus lugares circunvecinos para depositarlas en los abundantes mercados de la capital. Otros, circulando por ella con sus provisiones, permanecen durante toda la mañana ocupados en la venta por menor. En estas primeras horas los tahoneros, montados en sus caballos con enormes serones, reparten el pan por las tiendas; los ligeros valencianos cruzan las calles en todas direcciones pregonando sus refrescos; las tiendas se llenan de mozos y criados que concurren a beber; los carros de los ordinarios que salen se cruzan con la rechinante carreta de bueyes que viene cargada de carbón; las plazas y mercados van progresivamente llenándose de gentes que se ocupan en las compras por menudo; las iglesias de ancianos piadosos y madrugadores, que concurren a las primeras misas de la mañana, y los talleres de los artesanos de multitud de obreros que van alegres a sus trabajos respectivos. Suenan las nueve, y el tambor de las guardias que se relevan se hace oír en todos los cuarteles de la capital. Las jóvenes elegantes que habían salido a misa o a paseo en un gracioso negligé, vuelven lentamente a sus casas, acompañadas, por supuesto, casualmente. Tampoco falta su casual compañía a la alegre sirvienta, que con el cesto de provisiones bajo el brazo, viene prestando piadoso oído a los tiernos acentos del agraciado barberito o del gracioso ordenanza. Los cafés retirados, las tiendas de vinos y las hosterías presencian a tales horas estos obsequios misteriosos; pero a las diez el cuadro ha variado de aspecto: los coches de los magnates, de los funcionarios públicos, seguidos a carrera por la turba de pretendientes, que los espera a su descenso, corren hacia los Ministerios y las oficinas públicas; el empleado subalterno, saboreando aún su chocolate, marcha también a colocarse en su respectiva mesa; los estudios de los abogados quedan abiertos a la multitud de litigantes; el ruido de la moneda resuena en el contador del comerciante; el martillo en el taller del artesano; y las elegantes tiendas de modas, bien decoradas, bien frescas y limpias, empiezan a dar entrada a las diligentes damas, que vienen a saciar en ellas sus caprichos y su vanidad. La Puerta del Sol empieza a ser el centro del movimiento del público y del quietismo de una parte de él, que se la reparten como su propiedad. Los corredores subalternos de préstamos y papel hacen allí sus negocios sin correr; los músicos esperan avisos de bodas, llegadas de forasteros y nombramientos para correr a felicitar a los dichosos; los ciegos pregonan sus hojas volantes, y las vendedoras de naranjas, hacen conocer sus excelentes pulmones. La agitación, entre tanto, se ha hecho más general. Los elegantes carruajes dan paso a las encumbradas y enormes diligencias que salen para todos los puntos; las gentes a pie cruzan las calles con bien diferentes objetos; hombres de negocios, desocupados, curiosos, mujeres, muchachos, todos corriendo en distintas direcciones, forman una confusión, un ruido, un movimiento, a que el forastero tiene trabajo en acostumbrarse. Las sesiones de los cuerpos colegisladores, los Juzgados de la villa, la caja de Amortización y otros muchos objetos llaman una parte de la multitud; los litigantes cargados de papeles; los procuradores de sus procesos; los escribanos y abogados con sus respectivas clientelas, apenas dejan paso franco al observador en las cercanías de los tribunales supremos. El artesano, entre tanto, que al punto de las doce dejó su trabajo, prepara su comida sencilla mientras el pretendiente va a ocupar su conocido lugar en la antesala de la secretaria; el petimetre varía su traje para empezar la pesada ocupación de sus inútiles visitas, y la dama ensaya sus estudiadas palabras. La una. ¡Hora preciosa! Los pretendientes la esperan con ansia para saber el resultado de sus solicitudes; el especulador para acudir a la Bolsa a oír el alta o baja de los fondos públicos; la encantadora belleza para recibir la visita de su apasionado; el hombre del pueblo para sentarse a su sencilla mesa, y para todos es aquella la hora de las esperanzas. Dos horas después las oficinas van desocupándose; se cierran bufetes, tiendas y despachos, y cada cual se prepara a sentarse a la mesa; los celibatos y forasteros corren a las fondas a recobrar sus fuerzas, mientras que el padre de familia, en su casa, saborea una comida frugal, sazonada con la presencia de los suyos. Más tarde las mesas elegantes ofrecen en sus exquisitas salsas un tormento al estómago, y en la etiqueta un inconveniente al placer. La población permanece en reposo; la siesta en los meses de verano se prolonga más de una hora; pero a las cinco vuelva la animación, que va en aumento en las horas posteriores. Entonces ya se prescinde en general de los trabajos, dando más lugar a los placeres; los paseos empiezan a poblarse de gentes de todas condiciones; los toros, las meriendas y volatines ofrecen diversiones a todas las clases; en el Prado luce la sociedad elegante, los brillantes trenes y la esmerada compostura; la multitud esparciéndose fuera de las puertas, busca los paseos adecuados a sus gustos. Todos permanecen en ellos hasta que la noche se acerca; y mientras unos se retiran a sus modestas habitaciones a sentarse a sus puertas y cantar al son de su guitarra o la de los músicos ciegos, otros pueblan los cafés y los villares. Las tertulias o pequeñas reuniones de confianza ofrecen entre tanto su sencilla franqueza, y los teatros, liceos y casinos, el punto de reunión de las gentes de buen tono. La multitud va disminuyendo en las calles; los barrios apartados permanecen solitarios, y sólo los del centro ofrecen todavía vida hasta después de cerrados los teatros. La mayor parte vuelve a sus casas a disfrutar del reposo; pero otra parte prolonga la vida que hurtaron al día, ostentando en tertulias elegantes sus estudiados adornos, o arruinándose en juegos reprobados; sus coches hacen retemblar las pacíficas calles, y va disminuyendo su número hasta que ya a las dos de la mañana se oye sólo la voz del vigilante sereno, que canta la hora y avisa al desvelado las que aún le faltan que penar. Los cantos de las aves precursoras del día suceden a aquel silencio, y el cuadro anterior vuelve a comenzar.
FUENTE: Ramón de MESONERO ROMANOS: Manual histórico-topográfico, administrativo y artístico de Madrid. Madrid, Imprenta de D. Antonio Yebes, 1844, 114-117.