Un espectro terrible y sangriento es para muchos el comunismo. Rechazado en todas partes por los altos poderes, mirado con horror o desprecio, su nombre es su condena; la persecución y la violencia se emplean para aniquilarle, y ha venido a ser en manos de los poderosos y de los dominadores de todos géneros, lo que el espantajo que ahuyenta los pájaros de los sembrados, el coco con que se asusta a las gentes honradas, pacíficas e ignorantes. Comunista es sinónimo de traidor, de antropófago, y según La España, avanzan con el hacha niveladora por las gargantas de los Pirineos, y con insinuante y meliflua melodía para engañar a los ilusos. Hoy todo ciudadano que tiene que perder, todo poder, se pone en guardia contra el fiero monstruo: ¿de qué modo? ¿Cómo pretenden conjurar sus cantos de sirena o sus golpes niveladores? Con la persecución, con el ridículo, declarando delito de lesa sociedad el ser comunista.
Pero ¿qué es el comunismo que de tal modo subleva los espíritus en contra suya? ¿De dónde ha salido ese espectro fatal? Vamos a decirlo, y a procurar demostrar cuán lejos están de comprenderlo y de librarse de él por los medios que emplean.
El comunismo, con todas sus diferencias y bajo todos sus aspectos, no es otra cosa que el lógico resultado del desorden social en que vivimos, las consecuencias de tantos siglos de desorden, de opresión, de hipocresía, de robos legales, de inmoralidad y exclusivismo, de monopolio, de acaparamientos y miserias de todos géneros producidos todos a su vez por la lucha de los intereses: así, a medida que estos males se aumentan, a medida que la civilización avanza por estos falsos caminos, el comunismo progresa a pesar de los sermones, de las preocupaciones, de la oposición, del ridículo que se quiere lanzar contra él. Los resultados de su aplicación serán deplorables, mucho más si la oposición que encuentra le obliga a oprimir y violentar para imponerse; pero cuando el mayor número sufre los males que nos legaron los pasados siglos, ¿con qué derecho se les querrá sujetar a su dominio? ¿Cómo no verá bajo un prisma encantador la abundancia que la comunidad le promete? ¿No es ridículo ponderar los deberes y las alegrías de la familia y considerarla como base de todo orden social a los que les falta pan, o no tienen el suficiente que dar a sus hijos? A trueque de verlos en la abundancia, ¿qué padre no preferirá separarse de su familia, en el caso que, como suponen, el comunismo lo exija así? Se dice que el comunismo les quitaría la libertad de acción de que ahora gozan; pero ¿es esto cierto? ¿Existe esta libertad más que en el derecho, para el mayor número de los hombres, condenados a la ignorancia y aun al embrutecimiento, a la miseria, a la dependencia, a la esclavitud de los ricos o de los inteligentes? Dado el caso que el comunismo les quitara este derecho ilusorio, ¿no ganarían en trocarlo por la seguridad de la subsistencia, por la halagüeña confianza del porvenir, que la comunidad les asegura?
Lo mismo que de la familia puede decirse de la propiedad: por más sagrado que sea este derecho, cuando sólo usa de él un pequeño número de privilegiados, y generalmente en perjuicio del mayor número que nada posee, ¿no es natural que éstos lo miren como enemigo de su bienestar?
He aquí por qué a pesar de las persecuciones que sufran en toda Europa los comunistas, si este estado de desorden social y de incoherencia continúa, estamos seguros de ver progresar rápidamente sus ideas, deslizarse por entre los diques que se le oponen, inundar todas las clases trabajadoras, y no pequeña parte de la clase media. Ni entonces ni ahora les haremos responsables de sus ideas, ni de su conducta, que no son sino las consecuencias de este caos social en que vivimos. Por eso predicamos la Asociación que satisfaciendo las necesidades y deseos de todos apartará a las masas de esta senda peligrosa en que las precipita la ignorancia de los poderosos que no saben serlo sino a costa de la miseria y de la sangre de los pueblos.
El único medio eficaz para acabar de una vez con los trastornos y revoluciones, es la satisfacción de las necesidades de los que son impelidos a ellas por la injusticia y la miseria; los que creen que esto puede conseguirse por la comprensión, se engañan miserablemente; y todavía se engañan más los que pretenden que aplicando paliativos mezquinos y parciales tales como emprender obras públicas en que ganen un mezquino salario los que tienen hambre, con multiplicar y organizar la limosna, recoger en hospicios a los imposibilitados y perseguir a los vagos, han cumplido con su misión y tienen derecho a las bendiciones del pueblo, y a exigir de él que rechace el comunismo, porque ya no tienen derecho, ni necesitan nada más; éstos, repetimos, se engañan también. Esos mendrugos, esos harapos que tan caros hacen comprar al pueblo, y con lo cual parece que quedan tan satisfechos de su buena obra los vendedores, como si le dieran una gran cosa, no hacen más que manifestar la llaga y avivar el rencor, humillando al que recibe. Sépanlo todos; lo decimos bien alto para que todos lo oigan; si de veras quieren librarse de ese enemigo, mucho más cercano de lo que creen, si quieren alejar ese espectro terrible, que afectan despreciar pero que tanto les asusta; si no quieren en un término más o menos lejano, pero inevitable, caer envueltos por él y con él en las ruinas de sus propiedades y de sus familias, vuelvan la vista hacia nuestra bandera; escuchen nuestra voz conciliadora y fraternal, que les grita: asociación.
Mediten, observen la naturaleza, y verán esta fórmula, esta condición de la vida general, encarnada en todos los movimientos de la creación. Las desgracias de todos géneros que afligen a los hombres en medio del armónico concierto de la naturaleza, no cesarán hasta que se aplique a las sociedades humanas la ley natural, el principio de asociación.
Lo hemos dicho otras veces, lo repetimos ahora y no cesaremos de decirlo; la incoherencia social es la causa de los males pasados, de los presentes y de los que nos amenaza para el porvenir; males terribles, incalculables, de que sólo podrá librarnos la armonía de los intereses, la asociación integral del capital, del trabajo y del talento.—F. Garrido.
FUENTE: Publicado originariamente en La organización del Trabajo, núm 6. 27 de abril de 1848, y recogido por Fernando DíAZ-PLAJA: Historia de España en sus documentos. Siglo XIX. Madrid, Cátedra, 1983, pp. 247-249.