El mensaje de la Corona a las primeras Cortes de la Restauración, 15 de febrero de 1876

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El mensaje de la Corona a las primeras Cortes de la Restauración, 15 de febrero de 1876

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Señores Senadores y Diputados: Siempre será para mí grato el ver en torno reunidos a los Representantes de la Nación; mas tiene que serlo, como nunca, ahora, ya por ser la vez primera que entre vosotros ocupo el Solio, ya porque de nuevo abro estas puertas, que cerró hace tiempo la discordia.
Mi corazón, al contemplaron, rebosa hoy ya en esperanzas. De hombres expertos, con buena intención, y tan interesados, como Yo mismo, en la prosperidad de la Patria, no puedo recelar que, olvidando los escarmientos pasados, nieguen su concurso a la obra de pacificación y reconstitución, que Dios nos tiene a todos encomendada.
Ella no exige que renuncie nadie a sus aspiraciones doctrinales. Basta con apreciar de buena fe la presente realidad de las cosas, prefiriendo o aceptando el sistema de leyes que más responda a las necesidades del bien público y de los tiempos, las cuales se imponen siempre al fin y al cabo cuando son ciertas.
Pide, sí, imperiosamente, la difícil obra que hoy comienza, que dejéis ya todo lo pasado al juicio imparcial de la Historia. Vuestra atención, por solícita que sea, vuestros talentos, vuestra actividad, por entero, han de haceros falta de aquí en adelante para enmendar conmigo lo presente y ayudarme a abrir sendas mejores al porvenir.
Tan grande como mi satisfacción es por ver aquí congregados a los representantes de los partidos, que, profesando diferentes opiniones, procuran por medios lícitos hacerlas prevalecer en el Estado, tiene que ser mi pena al recordar que todavía ondea en las cumbres pirenaicas la enseña de un mal aconsejado Príncipe, irreconciliable enemigo de la civilización europea. Reducida a la impotencia por las disposiciones de mi Gobierno, la habilidad de mis Generales y el valor de mis soldados, nada puede ya obtener esa rebelión temeraria.
Por fortuna, ya que la paz interior deje que desear todavía, las relaciones de mi Gobierno con todos los demás del Mundo son en la actualidad pacíficas y amistosas. Una política franca y honrada, y el firme propósito de resolver con rapidez y rectitud los negocios, indudablemente han de hacerlas más cordiales cada día, según mi deseo.
Se presentará el Tratado comercial concluido entre mi Gobierno y el de S.M. el Rey de los Belgas, a vuestro examen y aprobación.
Las negociaciones para resolver nuestras diferencias con los Estados Unidos continúan amigablemente, y confío en que la buena fe de ambos Gobiernos, y el espíritu de justicia y mutua consideración que los anima, dará a todo, bien pronto, satisfactorias soluciones.
Reanudadas felizmente las interrumpidas relaciones con la Santa Sede, trátase entre ambas Potestades del arreglo de los asuntos pendientes, dentro de las condiciones que imponen los intereses respectivos de la Iglesia y el Estado.
Inspirado en los sentimientos que he expuesto, inmediatamente os presentará mi Gobierno los proyectos de ley necesarios para el normal ejercicio del sistema representativo, que tanto urge restaurar, y cuantos hagan falta para poner en armonía nuestra legislación política y administrativa con las naturales condiciones de la Monarquía constitucional.
También se os pondrá de manifiesto el estado de la Hacienda, sometiendo, tan pronto como sea posible, a vuestra deliberación las resoluciones que exigen las circunstancias en este fundamental ramo de la Administración pública. Agravada en extremo la situación financiera por tan hondas y prolongadas perturbaciones, y muy particularmente por las dos guerras intestinas, que arruinan al Tesoro y la Nación, sólo la paz, ya por dicha cercana, puede facilitar recursos a los poderes públicos para remediar en gran parte los males experimentados.
No ha sido bastante la desastrosa tenacidad de los mantenedores de la guerra civil en la Península, a que mi Gobierno olvidase que nuestro honor y nuestro derecho están amenazados, si no comprometidos, en América; y desde el día de mi proclamación, más de treinta y dos mil hombres han cruzado ya el Océano, para reforzar el Ejército de Cuba.
Tampoco aquellos insurrectos, pretensores ayer de la independencia y hoy de la ruina del suelo que devastan, han impedido que España, siempre generosa en sus dominios de Ultramar, haya dado ya libertad, por beneficio de la ley, a setenta y seis mil esclavos.
Uno y otro dato hacen evidente hasta qué punto es inquebrantable nuestra resolución de mantener la integridad del territorio, y nuestro propósito de que en todo él dominen la civilización y la justicia.
Hoy ve España con placer en su seno a los Representantes de las Grandes Potencias, sin excepción, y a los de todos los poderes Soberanos, que han solido estar en ella representados durante sus mejores tiempos; gozan de profunda paz todas sus provincias del Centro, y en particular el Maestrazgo y Cataluña, donde tan difíciles de vencer han sido siempre las rebeliones; Vizcaya entera, älava y la mejor parte de Navarra, están ya reducidas por armas a la debida obediencia; el enemigo, que un año hace amenazaba a Madrid, mírase encerrado ahora en lo más fragoso del Pirineo; la insurrección de Cuba, de día en día es más impotente; el Ejército de la Península y el de Ultramar se elevan a cifras de hombres nunca igualadas en nuestra historia; la Marina de guerra, reparada y con su armamento reformado, casi en totalidad se halla lista para defender nuestros intereses; todo, en fin, pregona a un tiempo que mi breve y difícil reinado no ha sido ya perdido para el bien. Muy laudables esfuerzos se habían sin duda, hecho, desde antes de mi advenimiento al Trono, para reorganizar el país, dándole medios con que dominar la guerra civil carlista, el filibusterismo cubano y la anarquía interior; pero a todo lo hecho entonces, ha añadido después mi Gobierno una larga serie de servicios, que no cabe negar sin injusticia.
Si nuestra Patria tiene hoy que hacer, cuando no el mayor, uno, sin duda, de los más grandes esfuerzos de su historia por conservar su puesto en el Mundo, entre las naciones ordenadas y cultas, bien a las claras demuestra, en cambio, lo mucho de que será capaz el día dichoso en que todo el vigor, que en guerras y agitaciones estériles desperdicia, lo dedique constante y exclusivamente a los fecundos trabajos de la paz.
FUENTE: Colección Legislativa de España, CXVI, núm. 61.