“CLARÍN”, Leopoldo Alas (1885). La Regenta.

| Proyecto de innovación docente. Historia Contemporánea | Administración electrónica |

“CLARÍN”, Leopoldo Alas (1885). La Regenta.

Descargar versión en PDF

El mundo de La Regenta es el de la Restauración borbónica en una ciudad de provincias, Vetusta (trasunto de Oviedo). En lo alto de la pirámide social, junto a la aristocracia, está la Iglesia, representada por el soberbio y ambicioso Magistral, don Fermín de Pas, que hace de la confesión su instrumento de dominación social. La Iglesia católica vive un momento de gran poder e influencia, porque Canóvas ha pensado que acercándose a ella restará apoyos al carlismo. El sistema de la alternancia pacífica se refleja en el marqués de Vegallana, jefe del partido conservador, que está en excelentes relaciones con don älvaro Mesía, jefe del partido liberal, mientras en las aldeas sus partidarios se enfrentan con violencia. La novela refleja admirablemente el tono general de hastío y anquilosamiento de la España de la Restauración.

Ana, inmóvil, había visto salir al Magistral sin valor para detenerle, sin fuerzas para llamarle. Una idea con todas sus palabras había sonado dentro de ella, cerca de los oídos. «¡Aquel señor canónigo estaba enamorado de ella!». «Sí, enamorado como un hombre, no con el amor místico, ideal, seráfico que ella se había figurado. Tenía celos, moría de celos... El Magistral no era el hermano mayor del alma, era un hombre que debajo de la sotana ocultaba pasiones, amor, celos, ira... ¡La amaba un canónigo!» Ana se estremeció como al contacto de un cuerpo viscoso y frío. Aquel sarcasmo de amor la hizo sonreir a ella misma con amargura que llegó hasta la boca desde las entrañas. Su padre, don Carlos el librepensador, se le apareció de repente, en mangas de camisa, disputando junto a una mesa, allá en Loreto, con un cura y varios amigotes ateos o progresistas. Recordaba Ana, como si acabara de oírlas, frases de su padre y de aquellos señores: «El clero corrompía las conciencias, el clérigo era como los demás, el celibato eclesiástico era una careta». Todo esto que había oído sin entenderlo volvía a su memoria con sentido claro, preciso y como otras tantas lecciones de la experiencia... ¡Querían corromperla! Aquella casa..., aquel silencio..., aquella doña Petronila... Ana sintió asco, vergüenza, y corrió a buscar la puerta. Salió sin despedirse. Llegó a su casa. Don Víctor atronaba el mundo a martillazos. Construía un puente modelo que pensaba presentar en la exposición de San Mateo. Ya no forraba el martillo con bayeta, no, el hierro chocaba contra el hierro, el estrépito era horrísono. «Allí era él el amo, prueba de ello que su mujer había ido al baile: se había acabado el Paraguay, no más misticismo; una prudente piedad heredada de nuestros mayores y basta y sobra. Por lo demás, actividad, industria y artes... mucha comedia, mucha caza, y mucho martillazo. ¡Zas, zas, zas, pum! ¡Viva la vida!» Así pensaba don Víctor, ceñida al cuerpo la bata escocesa, y clava que te clavarás, en su nuevo taller, en un cuartucho del piso bajo, con puerta al patio. El sol llegaba a los pies de Quintanar arrancando chispas de los abalorios y cinta dorada de las babuchas semiturcas. El carpintero silbaba; el tordo, el mejor tordo de la provincia, que Quintanar llevaba de habitación en habitación, silbaba también, colgada de un alambre su jaula. Ana contempló en silencio a su marido. «¡Era su padre! ¡Le quería como a su padre! Hasta se parecía un poco a don Carlos». Aquel sol de febrero, promesa de primavera; aquel ambiente fresco que convidaba a la actividad, al movimiento; aquellos martillazos, aquellos silbidos, aquellas nubecillas ligeras que cruzaban el cuadrado azula que servía de marco el alero del tejado..., todo aquello edificaba. «¡Aquélla era su casa, allí era ella la reina, aquella paz era suya!» Al dejar el martillo para coger la sierra, don Víctor vio a su mujer.