El inicio del turno pacífico, 9 de febrero de 1881

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El inicio del turno pacífico, 9 de febrero de 1881

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No es para nadie un misterio que el cambio de Gobierno que acaba de realizarse se debe única y exclusivamente a la iniciativa de la Corona. Su Majestad, usando de la facultad que le reconoce la Constitución, ha tenido a bien llamar a sus consejos al partido Constitucional, consultando para ello al mayor bien de la Nación, que es el bien supremo en que se inspira.
Tiempo era de poner término a la situación creada por los que imaginaban que les estaba prohibida la entrada en Palacio, a no ser por la violencia o por un procedimiento que había llegado a ser tan tradicional cuando menos como los obstáculos que decían oponerse a su entrada en el poder y que llegaron a hacerse legendarios. Era también de la más alta conveniencia llevar a la gobernación del Estado los principios que se han estado proclamando como los salvadores del país, a los hombres que los han defendido y más rectamente pueden aplicarlos.
Si esos principios son realmente lo que se ha dicho, el país obtendrá sus beneficios; si, por el contrario, han de ser causa de que se retroceda en el movimiento del progreso moral y material iniciado y después vigorosamente impulsado por el partido Conservador, entonces se habrá conseguido que el país se desengañe definitivamente y pronuncie un fallo tan severo como irrevocable acerca de ciertos hombres y partidos, puestos a piedra de toque de la experiencia.
La sabiduría de la Corona ha elegido el momento oportuno para realizar el cambio de situación. Sin tener en cuenta para nada la actitud de algunos que, llevados de sus impresiones personales y de sus vehementes impaciencias más que inspirados en el espíritu y verdadero interés de su partido, empleaban un lenguaje nada conciliador ni a propósito para captarse las simpatías y confianza que necesitaban, al ver calmadas las pasiones y en reposo los espíritus, el Rey creyó llegada la ocasión de demostrar cuán infundadas eran ciertas prevenciones, cuán equivocados algunos juicios y cuán fuera de toda oportunidad determinadas actitudes.
La imparcialidad de la Corona, inmensamente superior a las posiciones de los partidos y a los rencores de los unos a los otros, ha venido a acallar su tumultuosa gritería y a demostrar que a tal altura no se ven ciertas pequeñeces: que todos los partidos son iguales y no hay acepción de personas ante quien a todas dispensa igual afecto, sin especiales predilecciones por lo que hace a las distintas banderías en que se puede dividir.
Para nadie pueden ser desconocidos los grandes servicios prestados al Trono por el partido Conservador-liberal y los méritos eminentes que por ello han contraído; sin embargo, apreciándolos en cuanto valen y conservando siempre tan dignos patricios las más alta estimación personal por su lealtad, sabiduría y constancia en defender y consolidar la dinastía, la Corona ha llamado al partido Constitucional, para darle una prueba de su plena confianza y de que no ha vacilado nunca en llamarle a compartir con el Conservador la tarea de regir los destinos de la Nación.
Esta prueba de generosa magnanimidad del Monarca, obliga a los hombres de la nueva situación; y ya que han llegado pacíficamente y por llamamiento espontáneo, es de esperar que con su conducta justifiquen la elección que de ellos se ha hecho, y demuestren ser un partido con el que siempre se pueda contar para el turno pacífico de partidos. El que acaba de dejar el poder, lejos de mostrarse lastimado como otros han hecho en análogas ocasiones, no se limita a acatar y respetar la decisión de la Corona, sino que la aplaude, por las altas razones y generosos motivos a que se debe su origen. Cumpla el nuevo partido con quien de tal manera le ha distinguido y distingue, como ha cumplido y sabrá cumplir el Conservador-liberal en cuantas ocasiones y vicisitudes le depare la fortuna. Proclame y trate en buena hora de poner en práctica sus principios políticos, administrativos y económicos; mas no olvide que por primera vez se halla sometido a una gran prueba, y que no debe su elevación a ninguna victoria parlamentaria, sino a la libérrima iniciativa y voluntad del Rey.
FUENTE: La Época, 9 de febrero de 1881.