No quería ofender a nadie al hablar de la proclamación de la Monarquía en Sagunto. Pues qué, ¿no sabe todo el mundo que sobre este hecho, cuando en conversaciones particulares se me ha tocado, he confesado, sin inconveniente alguno, que yo no fui allí más que un segundo del Sr. Conde de Balmaseda? Y así que llegué, ¿no ofrecí inmediatamente el mando a la autoridad de aquel distrito? ¿Quería yo para mí solo la gloria de la restauración? De ninguna manera; echaba, sí, sobre mis hombros un peso que creía que me iba a abrumar. ¿He dicho por ventura el que haya sido yo solo el que estuvo allí? Pues qué, ¿no es sabido que estaban varios generales conmigo en Cataluña, y no digo los nombres porque no quiero citarlos? ¿No estaban dos divisiones en el ejército del Norte, no para levantarse allí, sino para cooperar en caso que se hiciera el movimiento en cualquiera otro lado, porque yo, enfrente de los carlistas, allí donde el ejército carlista era tan poderoso, no podía pretender una división? ¿No tenía tres brigadas del ejército de Valencia, una brigada del ejército de Castilla la Nueva, la guarnición de Valencia, la de Madrid, Sevilla, Badajoz, Santander, Burgos y otra porción de puntos? ¿Podía en tales circunstancias ninguno de mis compañeros tener los medios de acción que yo tenía? Había mandado el ejército de Cataluña, había mandado el cuerpo de ejército que estuvo a las órdenes del dignísimo general el Sr. Marqués del Duero. Tenía simpatías en una porción de partes, y mi jefe tenía casi tantas como yo, por las procedencias de Cuba y por su alta graduación. ¿Pero quiere esto decir que otros señores generales no tuvieran altísima influencia y que no cooperaran mucho? Cooperaron, es cierto; pero la restauración, digámoslo de una vez, no la hice yo, no la hizo nadie; la hicimos todos, la hizo todo el partido monárquico liberal, que creyó que ya era llegado el tiempo de que viniera al trono Don Alfonso XII.
La opinión, y sobre todo en el ejército, que es de la que yo puedo hablar, estaba hecha; pero la opinión del ejército estaba hecha por sus generales. Sé que la mayor parte de ellos, casi la totalidad, deseaban una bandera; pero yo que confieso esto, pero yo que comprendo, y he dicho siempre y también lo he dicho en el otro Cuerpo, que D. Alfonso XII no ha venido por el derecho de la fuerza, sino por la fuerza del derecho.
En 27 de Diciembre, al salir de Madrid, escribí a D. Antonio Cánovas la siguiente carta:
«Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo. Madrid 27 de Diciembre de 1874. Muy señor mío y de todo mi respeto: Cuando reciba Vd. ésta habré iniciado el movimiento en favor de Alfonso XII: cargo con la responsabilidad de este acto, al cual arrastro a mis amigos: no tengo derecho a la protección del partido: ustedes son los jueces de si deben o no dármela: la deseo, pero he perdido, separándome de la opinión de ustedes, hasta la triste satisfacción de quejarme o disculparme.
Tengo menos elementos de fuerza para el primer momento que hace mes y medio; casi estoy por decir que tengo menos de la tercera parte, pues he ido perdiéndolos paso a paso, yo creo que por dilaciones; tal vez esté equivocado: hace mes y medio podía iniciar a la vez Almería, Cádiz, Badajoz, Lérida, Valencia y ejército del Centro; hoy sólo puedo hacerlo en el ejército del Centro: no culpo a nadie; la decisión que tomo hoy la debí tomar hace cuarenta y cinco días.
No me arrojo por amor propio ni por despecho; lo hago por la fe y convicción que tengo; lo hago porque ustedes aseguran que la opinión está hecha.
No me mezclo en política: daré por manifiesto la contestación de S.A.: exijo, sí, que si el movimiento triunfa en Madrid, sea Vd. el que se ponga al frente del Gobierno; ruego que si es posible, se encargue del Ministerio de la Guerra el general... persona dignísima y muy competente, y que haya además de éste tres Ministros del antiguo partido moderado, los otros cuatro del partido más liberal; es necesario que haya conciliación, al menos en los primeros momentos...
Deseo que ya voluntarios, ya sorteados, vayan 60 hombres por batallón a aquella Antilla, sin excluir los de provinciales y reserva; debiendo salir en el mes de Enero, único modo de contrarrestar el mensaje de Grant y salvar la isla.
Si me consideran Vds. un estorbo, estoy pronto a ir allí a mandar una división; si bien deseo que se me deje de cuartel en Barcelona, y que tengo el firme propósito de no aceptar mando, ni ascenso, ni título, ni remuneración alguna. Si consigo mi objeto, el poner a este país en vías de tranquilidad, mi ambición queda satisfecha.
No hay de mí a Vd. antipatía política alguna, y lo comprenderá Vd. cuando le diga que no ha estudiado mi pensamiento, y no quiero entender de estas cosas. La diferencia entre Vd. y yo estaba en los distintos modos de procedimientos en la cuestión de alzamiento.»
FUENTE: Discurso del general Martínez Campos en el Senado. Diario de Sesiones del Senado, sesión 12 de junio de 1880.