El advenimiento de la Restauración: la versión de Cánovas del Castillo, 11 de junio de 1880

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El advenimiento de la Restauración: la versión de Cánovas del Castillo, 11 de junio de 1880

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Sabido es que habiendo sido llamado espontáneamente por S.M. la Reina Madre a París; habiéndome allí encargado por consejo de personas importantes de la dirección del partido monárquico de D. Alfonso XII; habiendo recibido plenos y absolutos poderes para dirigir su conducta; habiendo penetrado en España sin auxilio de ninguna especie, sin más que mi palabra y mi corazón para arrostrar todas las dificultades; después de haber trabajado durante largo tiempo, después de haber reconstituido, por no decir fundamentalmente formado, el partido de la Monarquía de D. Alfonso XII, el hombre que se halla encargado de una tarea tan difícil lanzándose a esa lucha inmensa que ha presenciado el país y sobre todo los que se ocupan de la política, cuando ya la opinión pública está formada, cuando el partido de la Monarquía reinante está constituido y tiene tanta fuerza, puede llegar el momento en que desee prescindir de un hombre como el señor general Martínez Campos.
Era yo quien tenía la representación exclusiva y única de S.M. la Reina Madre y de su augusto Hijo; era yo el único que legítimamente podía representarle: por mi conducto, como es natural, tuvo el señor general Martínez Campos las primeras relaciones con S.M. la Reina Madre; deseé, naturalmente, que el general Martínez Campos, como todas las personas de valía en el país, civiles o militares, vinieran a servir aquella causa.
Básteme decir que, así como antes de la restauración el general Martínez Campos y yo no habíamos visto las cosas de la misma manera, así en el instante crítico en que el general Martínez Campos marchó a Sagunto, tampoco las vimos S.S. y yo de una manera igual. Por estos motivos ha podido decir el general Martínez Campos, que hizo la proclamación de S.M. el Rey D. Alfonso XII contra mi opinión.
Y ya que de este asunto se trata, y sin necesidad de invocar testimonios de personas respetables, ni de traerlas aquí innecesariamente al debate, tan solo porque el general Martínez Campos y yo no estamos en buenas relaciones; y sin que yo trate de mermar en lo más mínimo, ni el mérito militar, ni ninguna de las circunstancias que concurren en S.S., pregunto al Senado: ¿es serio, cuando se trata de un hecho tan grande como la restauración de una Monarquía, pretender que todo se ha hecho al levantar dos batallones, sin disparar un tiro, y negar la cooperación de grandes elementos, de inmensas fuerzas, cuando estaba casi todo hecho, cuando había por una parte el derecho de la dinastía del Rey, que imperaba y se sobreponía sobre muchas conciencias, y cuando concurría hasta el desengaño del país que buscaba casi unánimemente en la proclamación del Monarca, la paz, la tranquilidad y la seguridad que ha conseguido después? Todos los demás ejércitos, todos los demás generales, todos los que no quisieron desenvainar su espada contra el Rey, todos los que aceptaron su proclamación desde el primer instante, ¿es que fueron vencidos o conquistados por los dos batallones del general Martínez Campos? ¿Quién puede abrogarse el derecho de decir que ha hecho la restauración?
Yo no he dicho en mi vida nada que a eso se parezca, y tengo tanto derecho como el que más. No; como la restauración se hizo por sí sola y por la fuerza de los acontecimientos, cualquiera la hubiera hecho en aquel momento. Los movimientos del país, que lo condujeron a aquella solución salvadora, necesitaron en un instante dado de dirección; que ellos existían, que nosotros no los creamos de ninguna manera, es verdad; pero es evidente que hubo un instante en que necesitaron una organización. Pues bien; esa organización confiada a mí por S.M. la Reina Madre y por su augusto Hijo, ya desde entonces bajo su propia firma, esa organización la hice yo y la llevé tan adelante, que ya en el punto a que la llevé, cualquiera, en cualquier momento y en cualquiera circunstancia, la habría realizado.
FUENTE: Discurso de Cánovas en el Senado. Diario de Sesiones del Senado, sesión 11 de junio de 1880.