Dirección: Andrés Velasco.
Argumento: Pedro Gil Paradela, Andrés Velasco, Enrique Vázquez.
Guión: Pedro Gil Paradela, Andrés Velasco.
Fotografía: Hans Burman.
Música: ängel Arteaga.
Producción: Miguel de Echarri. Productora: CIPI Cinematografica S.A.
Fernando Rey (Don Luis), Victoria Vera (Antonia), Francisco Marsó (Rafael), José María Prada, George Rigaud, Manuel Devesa (Don Cosme, el cura), Daniel Dicenta, Carmen Lozano.
Don Luis, un noble cincuentón y arrogante de cuidados modales, pasea por su hacienda junto a un perro con la escopeta colgada al hombro. A través de las ventanas del molino observa a una muchacha abrazada a un mozo, al que finalmente rechaza. Se trata de Antonia, una de sus criadas. Esa noche, irrumpe en la habitación de la joven y la posee, ya que, como amo y señor, todo que hay o vive en sus posesiones es suyo. Antonia le odia, pero también se siente atraída por el refinamiento de un hombre que ya está de vuelta y sólo busca el placer, y se convertirá en cómplice de un crimen para atarlo para siempre.
Drama erótico ambientado en 1869, en el que Fernando Rey repite el papel de hidalgo rijoso que había desempeñado con grán éxito en Tristana (1970) de Luis Buñuel. Rebeldía es un film coyuntural con ciertas pretensiones, que tiene como principal reclamo el “destape”, pero que también intenta plasmar la realidad de un caciquismo de raíces feudales y, sobre todo, es el único film que henos podido localizar que analiza los entresijos políticos de la época del Sexenio, en este caso centrados en el debate de las “fuerzas vivas” del lugar en torno a la designación de un candidato idóneo con vistas a las futuras elecciones a Cortes, en unos momentos en los que el trono de España está vacante y monárquicos y republicanos se disputan el poder. Desafortunadamente, la película degenera finalmente en un folletín deslavazado de escaso interés, aunque cuenta con un buen reparto, en el que desentonan Victoria Vera, a la que sólo corresponde lucir la epidermis, y el debutante Manuel Devesa, que borda el ridículo en el papel de un zafio cura rural, una inteligente ambientación (la mayor parte de la película se desarrolla en interiores y el resto se rodó en espléndidos paisajes naturales de Cantabria) y una fotografía correcta, aunque convencional.