Programa de gobierno de Pi y Margall, 13 de junio de 1873

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Programa de gobierno de Pi y Margall, 13 de junio de 1873

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Grande es la tarea que habéis echado sobre nuestros hombros; tarea sin duda superior a nuestras fuerzas. La voluntad, sin embargo, puede mucho, y nosotros tenemos una voluntad firme y decidida para conjurar los peligros de la situación presente.
Antes de venir al Parlamento había ya presumido que el partido republicano se dividiría en fracciones; pero no pude jamás calcular que se dividiera antes que se discutieran las altas cuestiones políticas o las económicas, que son tan graves como las políticas.
No comprendo, francamente, que cuando no hemos tocado todavía ninguna cuestión importante, cuando no hemos examinado ninguna de las bases sobre que hemos de asentar la constitución definitiva de la República, estemos ya divididos y haya cierto encarnizamiento entre los unos y los otros, como si se tratara, no de hijos de una misma familia, sino de grandes e implacables enemigos.
A juzgar por las sesiones pasadas, cualquiera hubiera dicho, no que estaban de una parte los republicanos más o menos templados, y de la otra los más o menos ardientes, sino que de una parte estaban los carlistas y de la otra los federales.
Hay necesidad de que volvamos sobre nosotros mismos, y comprendiendo la gravedad de la situación, hagamos un esfuerzo para que ésta cese. Mañana no falten quizá motivos para que haya centro, derecha e izquierda; pero aun entonces, preciso es que los republicanos sepamos tratarnos los unos a los otros con la consideración que nos debemos. Y ya que nos dividimos, sea por cuestiones de principios o de conducta, jamás por meras cuestiones de personas.
Tenemos, Sres. Diputados, una verdadera guerra civil: la tenemos en las provincias del Norte y del Oriente, y aunque de menos importancia, en algunas provincias del centro.
La primera necesidad, la más universalmente sentida, es poner término a esa guerra.
¿Qué debemos hacer para conseguirlo? Ante todo, contener la indisciplina del ejército, sin la cual es completamente imposible destruir las facciones.
Pero ¿bastará esto? Entiendo, señores, que cuando se trata de un país en guerra, no es posible aplicar a la guerra las leyes y las garantías de la paz. No sé de ningún pueblo culto, no sé de ningún pueblo libre, donde a la guerra se hayan dejado de aplicar las leyes de la guerra. Nosotros vendremos aquí a pediros lealmente medidas extraordinarias.
Al llegar a la cuestión de Hacienda, apenas tiene uno valor para decir lo que debe. Con pensar que al fin del mes de junio el déficit del Tesoro llegará a 546 millones de pesetas, o sea a 2.200 millones de reales; con saber que los vencimientos del mismo mes importan 153 millones de pesetas, y no tenemos recursos más que por la suma de 32 millones, resultando por lo tanto un déficit de 121 millones, fácilmente comprenderéis cuán grave y difícil es la situación de la Hacienda.
Todos vosotros sabéis que los republicanos tenemos un sistema tributario nuestro, y empeñada la palabra de realizarlo; pero ¿es posible que pensemos en reducir las rentas, cuando ni aun con todas las existentes podemos cubrir las atenciones del Estado? lo más conveniente es empezar por reducir los gastos con arreglo al estado de la riqueza pública.
Debemos entrar además en otra índole de reformas.
Las Cortes de 1869 proclamaron la absoluta libertad de cultos, y la consecuencia lógica, la consecuencia obligada de esa libertad es la independencia completa de la Iglesia y del Estado. Desde el momento en que en un pueblo hay absoluta libertad de cultos, las Iglesias todas pasan a ser meras asociaciones, sujetas a las leyes generales del Estado.
Otra de las reformas que necesitamos con urgencia, es la de la enseñanza Estamos decididos a hacer todo lo posible para establecer la enseñanza gratuita y obligatoria.
Pasando ya de la Península a nuestras provincias de América, debo deciros que, si queremos conservar la integridad del territorio, entendemos que no se la puede conservar con el actual régimen.
¿Cómo queréis, Sres. Diputados, que haya paz en nuestras provincias de América bajo el régimen actual? ¿Ignoráis acaso que los naturales de nuestras provincias americanas se educan los más, bien en las Universidades de los Estados Unidos, bien en las de España? Vienen a estas Universidades, respiran el aire de la libertad, se impregnan de nuestros sentimientos, participan de nuestras luchas; y queréis luego que, al volver a sus hogares, vean con calma que allí domina un régimen completamente distinto?
Debemos llevar también a cabo la obra de la abolición de la esclavitud. La esclavitud es ahora más dura para los cubanos que antes, porque tienen el ejemplo de Puerto Rico, donde se han emancipado 40.000 esclavos.
De las reformas políticas vengamos a las sociales.
Ninguno de vosotros ignora lo que pasa hoy en Europa; entre jornaleros y capitalistas hay una lucha que se verifica de diversas maneras, pero que se revela principalmente por las huelgas, medio esencialmente perturbador, que trae consigo grandes alarmas; medio que no hace más que complicar el problema, puesto que dificultando la producción, disminuye la riqueza y se resuelve en contra de los mismos que le emplean. ¿No hemos de poder convertir esta lucha en otra legal y pacífica? Sustituyamos a las huelgas los jurados mixtos, compuestos de obreros y fabricantes, para resolver todos los problemas relativos a las condiciones del trabajo. Estos jurados han nacido espontáneamente en nuestro pueblo; los tenemos establecidos en diversos puntos; no tenemos más que sancionar la obra de la espontaneidad social.
Debemos también velar por que los niños no sean víctimas, ya de la codicia, ya de la miseria de sus padres. Hemos de dictar condiciones para los niños que entren en las fábricas, y sobre todo, hacer que el trabajo no impida su desarrollo intelectual, que por desgracia es muy escaso en las clases jornaleras.
Queremos realizar además otro pensamiento que abrigaba ya el anterior Gabinete. A nuestro parecer, es necesario cambiar, en beneficio de las clases jornaleras, la forma de venta de los bienes nacionales. Ya cuando se trató de venderlos en 1836, hubo una voz autorizada que manifestó la necesidad de que estos bienes se cedieran, no a título de venta, sino a censo.
Si entonces se hubiera creído al que esto decía, ¡cuán distinta no sería hoy la situación de la Nación española! ¡Cuántos millares de propietarios no habría hoy completamente identificados con la revolución!
Pensamos, por lo tanto, cambiar la forma de enajenación de esos bienes, haciendo que en vez de vendérselos, se los dé a censo reservativo, con facultad en los jornaleros para ir redimiendo el censo por pequeñas partes, a fin de que pronto sean propietarios de sus tierras en pleno alodio.
Fáltame ahora solamente deciros que es necesario que aceleréis la obra de esa Constitución; que es necesario que no perdáis momento. Sólo constituyendo rápidamente la República; sólo dando a conocer que la República no es un peligro; sólo haciendo comprender a todo el mundo que la federación no compromete la unidad nacional, peligro que algunos temen y otros afectan temer; sólo así conseguiremos que los pueblos de Europa tengan el respeto debido a la República española y empiecen por reconocerla.
FUENTE: Discurso de Pi y Margall en las Cortes. DSCD, sesión 13 de-junio de 1873.