Presentación de la República española a las Potencias europeas, Circular del 25 de febrero de 1873

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Presentación de la República española a las Potencias europeas, Circular del 25 de febrero de 1873

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La Nación española ha resuelto dificilísimo problema: cambiar una forma por otra forma de Gobierno, sin desórdenes y sin zozobras, como si verificara natural transformación, largamente preparada por la firmeza de sus propósitos, y en sazón traída por la lógica de los acontecimientos. España ha pasado de la Monarquía a la República; y ha pasado pacífica, legalmente, en la plenitud de su autoridad y en el ejercicio de su soberanía.
Desaparecida la Monarquía por un conjunto de causas interiores, puramente interiores, de nuestra historia especialísima y de nuestro carácter peculiar, la República aparece por sí misma, por su propia virtud, por la ley de la necesidad. Los Gobiernos de Europa que reconocieron la legitimidad de los principios de la revolución, no podrán desconocer la legitimidad de sus consecuencias; los Gobiernos de Europa que reconocieron los poderes emanados de aquel hecho, no podrán desconocer el régimen definitivo y estable que de aquel hecho lógica y necesariamente se ha derivado.
Las Cortes Constituyentes de 1869, cuyo patriotismo y cuya sabiduría recordará con aplauso la historia, quisieron desde el primer momento de su vida proclamar, y proclamaron en efecto, la forma monárquica, por tres razones fundamentales: primera, por corresponder a las tradiciones del pueblo español; segunda, por creer que aseguraban así los principios liberales de la revolución; tercera, por armonizar la forma de su Gobierno con las formas de Gobierno existentes en casi toda Europa. Pero todos estos propósitos se estrellaron en los obstáculos de la realidad. Fuimos Monarquía, y no tuvimos Monarca. Nosotros teníamos que buscar un rey por el extranjero, corriendo doble riesgo; el riesgo exterior de perturbar a Europa, y el riesgo interior de herir el sentimiento nacional. Ninguna de las Potencias que se creían interesadas en la conservación aquí del régimen monárquico nos allanó el camino. Todas, o por observaciones respetuosas, o por negativas formales, nos regatearon su concurso. Y dolorosa experiencia vino a demostrar que lo más saludable a la tranquilidad interior de España y lo más seguro a la paz y la estabilidad de Europa, hubiera sido recogernos dentro de nosotros mismos y fundar tranquila, pacíficamente, como la fundamos ahora, una modesta República.
Pero las Cortes se creyeron comprometidas a traer un Monarca, y lo buscaron en extrañas tierras, y a nuestra tierra lo trajeron. Ilustre por su dinastía, valeroso por su temperamento, ligado con intereses políticos y recuerdos recientes a las primeras Potencias del mundo; instruido en altísimos ejemplos e inclinado al respeto de la Representación Nacional, contando con el apoyo de todos los partidos que consumaran la revolución, desde el más conservador hasta el más radical, no fueron bastante, no, todas estas ventajas políticas, históricas, diplomáticas del joven y animoso príncipe a contrastar el sentimiento más vivo en nuestra raza, el sentimiento nacional.
Este sentimiento lo ha contrariado en todos sus propósitos, y lo ha vencido al cabo. Este sentimiento lo dejó en soledad tal, que era completa asfixia. Engañaríase todo aquel que creyera haber existido aquí una conjuración misteriosa contra el joven príncipe. Y renunció para sí, para los suyos a una corona, de la cual sentía el peso en la frente, y no la dignidad en el alma. ¿Qué hacer después de este momento supremo?
Aquí hay dos métodos de resolver todas nuestras crisis revolucionarias. Para el período que podríamos llamar de procedimiento, las Juntas; para el período que podríamos llamar de soluciones, las Cortes. En el presente caso nos encontrábamos dentro de la más estricta legalidad. No había procedimientos revolucionarios a que acudir, y las Juntas fueron inútiles. Pero había soluciones políticas que dar, y las Cortes se presentaron como necesarias. En ausencia del poder supremo, las Cortes asumieron para sí todos los poderes. Y al asumirlos fieles a la lógica incontrastable de los hechos, proclamaron las Cortes, en la plenitud de su autoridad la República, dejando para Cortes Constituyentes, en sazón oportuna convocadas y en libertad entera elegidas, la organización de los poderes dentro de esta República.
Así es que nosotros tenemos un Gobierno, nacional por su carácter, popular por su naturaleza, legítimo por su origen, sólido por su organismo, definitivo en sus fundamentos, estable por su larga preparación y con tendencias a conservar y fortalecer la paz en toda Europa.
El Ejército ha proclamado la República en todas partes con fervoroso entusiasmo. Es necesario destruir falsos conceptos arraigadísimos en Europa respecto a la conducta de nuestro Ejército. Créese vulgarmente que se ha sublevado a su arbitrio por erigir una dictadura militar y asegurar su predominio sobre las demás clases sociales. Jamás el Ejército español ha constituido una dictadura militar.
Principalmente conviene destruir la falsa idea de que nuestro pueblo sea un pueblo ingobernable y voluntarioso.
Europa entera debe comprender que el propósito más constante y tenaz de nuestro pueblo es el propósito de gobernarse a sí mismo. No hay en su carácter aquellas veleidades que pudieran hacernos temer una caída desde las instituciones republicanas en la anarquía o en la dictadura. Pues hoy el Gobierno de la República se halla resuelto a dar a ese pueblo una libertad electoral tan grande y omnímoda que pueda expresar su pensamiento y sus aspiraciones con sinceridad hasta aquí no siempre usada. Evitaremos severamente la influencia oficial, burocrática; y reprimiremos con severidad igual las imposiciones violentas de los partidos y de las turbas.
Igual seguridad deben tener los Gobiernos de Europa. Estos propósitos nuestros han de llevarles a comprender tarde o temprano, que somos un poder legal, en ninguna manera compuesto de conjurados, sino de legisladores, habituados a dar y a obedecer las leyes.
Y nosotros, tan celosos de nuestra autonomía, de nuestra independencia, no conspiraremos jamás contra la autonomía, contra la independencia de los otros pueblos: que así en nuestra política interior, como en nuestras relaciones exteriores, sólo hemos de inspirarnos en el principio eterno de la justicia.
Tengo, pues, encargo especialísimo de todos los miembros que componen el Poder ejecutivo, encargo especialísimo para dar a entender que nuestra República, es una República originalmente nuestra, nacida del sentimiento nacional. Aunque otra cosa intentáramos, nuestra misma posición geográfica nos impone esta política, exclusivamente española. Y sería inútil decir que no pensamos ni en anexiones ni en crecimientos de territorio. Tenemos territorio bastante a nuestra actividad en el mundo. Queremos conservarlo, y lo conservaremos a toda costa y en toda su integridad. Pero seríamos insensatos si pensáramos en aumentarlo, y menos por conquistas.
Lo repito, y lo repetiré mil veces. Por la independencia de España, por la dignidad de España, tenemos el mismo culto que todas las generaciones españolas. No queremos ni necesitamos que nadie nos reconozca el derecho de gobernarnos a nosotros mismos. Nos sentimos tan fuertes para ello, que nos basta el convencimiento de nuestra fuerza y la austera conciencia de nuestra autoridad. El gran pueblo que ocupa el Norte del continente americano, a pesar de las distancias, nos ha reconocido prontamente. La Confederación Suiza acaba de seguir su ejemplo. Tengo derecho a esperar que el resto del mundo, después de mis leales explicaciones, saldrá de su reserva. Sería indigno de mí, dejaría de representar la energía de mi nación y de mi raza, si en sueños fantásticos meciera mi esperanza. Tenemos grandes, inmensas dificultades que vencer. Vendrán complicaciones en el desarrollo de nuestra política, y en el peligroso tránsito de una forma a otra forma de Gobierno. Jamás se han ocultado a nuestra previsión y a nuestro patriotismo. Lo que podemos decir, es que, mientras ocupemos nuestros puestos, estamos resueltos a fortalecer el orden interior y a respetar la paz de toda Europa. Pero ¡ah! que las naciones extranjeras no nos pidan energía y luego nos nieguen lo único que nosotros les pedimos, su concurso moral, para que así como hemos fundado en la legalidad nuestra República, la consolidemos en el orden más perfecto y en la amistad más estrecha con todas las naciones y todos los Gobiernos de la tierra.
FUENTE: Circular de Castelar, de 25 de febrero de 1873, a los Representantes de España en el extranjero. Colección Legislativa de España, CX, núm. 133.