Castelar y la cuestión religiosa

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Castelar y la cuestión religiosa

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Verdad es que nosotros hemos muerto, que hemos muerto para el mundo a causa de la intolerancia religiosa.
Esta mañana se quejaba conmigo en el salón de conferencias el Sr. Posada Herrera de nuestra pobreza, de nuestra miseria, de nuestra falta de trabajo, de que no tenemos los caminos que necesitamos, de que carecemos de canales, apenas existe el comercio, y la industria es casi nula. Cuando buscamos la causa de todo esto la encontramos, Sr. Posada Herrera, en la conducta de la Iglesia y en la intolerancia de la Iglesia. Somos un gran cadáver que se extiende desde los Pirineos hasta el mar de Cádiz porque nos hemos sacrificado en aras del catolicismo.
Acordáos de la Edad Media, en la que el principio de tolerancia religiosa reinaba imperfectamente, pero reinaba al cabo en nuestro suelo. Acordáos de aquellas ciudades, de las cuales aún nos da alguna muestra la imperial Toledo. Junto a la catedral gótica, la sinagoga; junto a la sinagoga, la mezquita de los mudéjares; junto a la mezquita de los mudéjares, el barrio de los judíos, y sobre todo esto se extendía (según la expresión de un gran poeta), como extiende sus alas la gallina sobre sus polluelos, se extendía la Iglesia católica, que no por eso se creía menos segura de la conciencia de sus hijos.
Pues bien, Sres. Diputados, no tenemos agricultura, porque arrojamos a los moriscos, a aquellos que habían hecho los tres paraísos de nuestra patria, la huerta de Murcia, la huerta de Granada y la huerta de Valencia.
No tenemos industria, porque arrojamos a los judíos que habían enseñado a leer a Alfonso X, que le habían dictado con los árabes las Tablas Alfonsinas, que es el monumento más grande de la Edad Media.
No tenemos ciencia; somos un miembro atrofiado de la ciencia moderna. ¿Hemos acaso descubierto el sistema de Descartes? ¿Hemos escrito el tratado de Laplace? ¿Hemos descubierto una nueva idea en la conciencia ni un nuevo planeta en el cielo?
No, no lo hemos descubierto cuando a principios del siglo XVI éramos la antorcha de la civilización. Se decía que Servet había descubierto la circulación de la sangre; se decía que Blasco de Garay había descubierto, si no el vapor, al menos una máquina que se le parecía; se decía que Luis Vives podía parangonarse con los iniciadores del gran movimiento científico en Alemania e Inglaterra.
Pero, señores, encendimos las hogueras de la inquisición, arrojamos a ellas nuestros pensadores, los quemamos, y después ya no hubo de las ciencias en España más que un montón de cenizas.
Así es que no hay más que un medio, una solución, la idea verdaderamente revolucionaria, y este medio, esta solución vosotros debíais haberlo presentado; no hay más medio, no hay más solución que separar completamente y para siempre la Iglesia del Estado, negar para siempre el presupuesto del clero.
No es propio de la religión obligar por fuerza, cohibir para que se ejerza la religión. ¿Y qué ha estado pidiendo durante toda esta tarde el Sr. Manterola? ¿Qué ha estado exigiendo durante todo su largo discurso a los señores de la comisión? Ha estado pidiendo, ha estado exigiendo que no se pueda ser español, que no se pueda tener el título de español, que no se puedan ejercer derechos civiles, que no se pueda aspirar a las altas magistraturas políticas del país sino llevando impresa por fuerza sobre la carne la marca de una religión forzosamente impuesta, no de una religión aceptada por la razón y por la conciencia.
Pero, señores, hay en la historia dos ideas que no se han realizado nunca: hay en la sociedad dos ideas que nunca se han realizado: la idea de una nación y la idea de una religión para todos.
Grande es Dios en el Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios, y sin embargo, diciendo: «¡Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que se hacen!». Grande es la religión del poder, pero es más grande la religión del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es más grande la religión del perdón misericordioso; y yo, en nombre de esta religión; yo, en nombre del Evangelio, vengo aquí a pediros que escribáis al frente de vuestro Código fundamental la libertad religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad entre todos los hombres.
FUENTE: Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes, sesiones 7 y 12 de abril de 1869.