Sujov es un preso de los campos siberianos de Stalin hacia 1953. Su delito, haber caído prisionero de los alemanes durante la guerra. La novela narra un día cualquiera (todos son iguales) de la vida del preso, desde que a las cinco de la mañana, como todos los dias, suena el toque de diana, hasta el fin del día. “Desde diana hasta el toque de queda, así eran los días de su condena, en número de tres mil seiscientos cincuenta y tres. Tres días más: por los años bisiestos”. Y a lo largo del día, un sinfín de pequeñas batallas para lograr un poco más de comida, mitigar el frío, evitar los castigos o trabajar lo menos posible. Un despliegue de ingenio y voluntad para sobrevivir un día tras otro. El autor, él mismo prisionero durante ocho años en uno de esos campos, habla de lo que conoce por experiencia y desvela por primera vez la realidad del sistema soviético de campos. Publicado en 1962, el texto original íntegro hubo de esperar a 1973 para escapar a las redes de la censura.
El cacheo prosiguió, pronto le tocaba a Sujov. Hoy nada tenía que ocultar, y avanzó despreocupadamente. Desabotonó la chaqueta enguatada, sin prisas, y aflojó también el chaleco bajo el cinto de lona.
No tenía conciencia de llevar algo prohibido, pero la precaución de ocho años de chirona se había convertido para él en una costumbre. Metió la mano en el bolsillo exterior del pantalón para asegurarse una vez más de que estaba vacío, aunque ya lo sabía.
¡Pero ahí estaba la hoja de sierra! Hoy la encontró en la zona de la obra y se la guardó por razones económicas, sin ninguna intención de pasarla al campo. No había querido pasarla, pero puesto que la llevaba encima... ¡sería lástima tirarla ahora! Podría afilarla en forma de cuchillito, para arreglar zapatos o al menos para coser.
Si hubiera tenido intención de pasarla, habría escogido un buen escondite. Pero ahora sólo faltaban dos hileras de cinco para llegar hasta él, y la primera ya pasaba al control.
Ahora debía actuar más rápido que el viento: o bien, oculto por la última fila, arrojaba la cosa en la nieve (con lo cual la encontrarían más tarde, pero sin saber de quién era), o la pasaba.
Por esa hoja de sierra podían darle diez días de arresto, si la interpretaban como cuchillo.
¡Pero un cuchillito para componer zapatos significaba ganancia, significaba pan!
Sería una pena tener que tirarla.
Y Sujov la metió en uno de sus guantes.
Ahora pasaba la siguiente hilera de cinco al cacheo. Y a plena luz de los focos quedaban los tres últimos: Senka, Sujov y el muchacho de la brigada 32 que acompañó a buscar al moldavo.
Como eran sólo tres, y cinco los vigilantes dedicados al registro, Sujov pudo escoger cómodamente cuál de los dos de la derecha le cachearía a él. No escogió al joven de mejillas coloradas, sino al viejo de la barba gris. El viejo, naturalmente, tendría más experiencia y le sería fácil encontrar algo si buscaba bien; pero, como era viejo, sin duda estaría más que harto del servicio.