CAPOTE, Truman (1957). Se oyen las musas.

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CAPOTE, Truman (1957). Se oyen las musas.

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Esta “breve novela cómica” como la llama su autor, forma parte del libro Los perros ladran. Personajes públicos y lugares privados. Es la narración novelada de un hecho real en el que participó el propio autor: el viaje en 1956 a la Unión Soviética de la compañía americana Everyman Opera para representar la ópera negra Porgy and Bess, de George Gershwin. Los ruidosos y desinhibidos americanos viajan por primera vez a la Unión Soviética. Los rusos, que nunca antes habían visto americanos, los contemplan atónitos, como a seres llegados de otro planeta. La incomunicación es total, no sólo lingüística sino sobre todo cultural, y da lugar a situaciones disparatadas de una comicidad irresistible, a la vez que también aparecen entre los rusos algunas situaciones y personajes profundamente trágicos, casi dostoievskianos. Lo que esta novela ilustra, en clave de un humor cercano al absurdo, es la diferencia insalvable entre una sociedad cerrada, sometida a un implacable control, y los ciudadanos de una sociedad abierta y democrática, así como, más en general, la profunda incomprensión que separa a los seres humanos pertenecientes a culturas distintas.

La plaza de San Isaac limita a un lado con el humoso canal del Neva, un río que en invierno enhebra la ciudad como un Sena helado, y al otro con la catedral de San Isaac, que es ahora un museo antirreligioso. Caminamos hacia el canal. El cielo era de un gris sin sol, y había nieve en el aire, motas ligeras, como de juguete, que se agitaban y flotaban como diminutos copos en el interior de una esfera de cristal. Era mediodía, pero casi no había tráfico en la plaza, exceptuando un coche o dos y un autobús con los faros encendidos. Aquí y allá, sin embargo, trineos tirados por caballos se deslizaban sobre el pavimento nevado. Por las riberas del Neva pasaban esquiadores silenciosos, y algunas madres sacaban a tomar el aire a sus bebés, arrastrándolos en pequeños trineos. Por todas partes, como mirlos volando al azar, escolares con pellizas negras patinaban sobre el hielo. Dos de estos niños se pararon para inspeccionarnos. Eran dos gemelas de nueve o diez años, y llevaban abrigos grises de piel de conejo y gorras de terciopelo azul. Se habían repartido el par de patines, y se daban la mano y se impulsaban la una a la otra con gran seguridad. Nos miraron con unos bonitos ojos castaños, llenos de asombro, como si se preguntaran qué nos hacía diferentes: ¿nuestra ropa? ¿El carmín que llevaba la señorita Ryan? ¿Las suaves ondas de su pelo suelto y rubio? Casi todos los extranjeros que van a Rusia se acostumbran enseguida a esto: el leve ceño del transeúnte al que molesta algo que hay en tu persona, pero que no es capaz de concretar, y que le hace detenerse, mirarte, volverse una y otra vez cuando ya ha pasado de largo, e incluso, en ocasiones, le lleva a seguirte. Las gemelas nos siguieron hasta un puente peatonal que atravesaba el Neva, y nos observaron mientras nos deteníamos para contemplar el paisaje.

El canal, poco más que un foso de nieve, era ahora un campo de juegos para niños, cuyas estridentes risotadas se unían al repicar de las campanas, y los dos sonidos llegaban portados por un viento fuerte y gélido procedente de la bahía de Finlandia. Esqueletos de árboles forrados de hielo relucían contra las austeras fachadas de los palacios que se alineaban en las riberas y se extendían hacia la lejana Avenida Nievski. Leningrado, en la actualidad una ciudad de cuatro millones de personas, la segunda más grande de la Unión Soviética y la metrópoli del norte del país, fue construida según el gusto de los zares, y éstos sentían predilección por la arquitectura francesa e italiana, lo que explica no sólo el estilo, sino también el color de los palacios que hay junto al Neva y en otros barrios antiguos. Predominan los negros y grises parisinos, pero de pronto, aquí y allá, interviene la cálida paleta italiana: un palacio verde chillón, ocre brillante, azul pálido, naranja. Unos cuantos palacios han sido convertidos en casas de apartamentos, aunque casi todos son ahora oficinas. Pedro el Grande, muy bien considerado entre el régimen actual porque fue el que introdujo la ciencia en Rusia, probablemente aprobaría la miríada de antenas de televisión que se posan sobre la ciudad, como un enjambre de insectos de metal en los tejados de lo que fue antaño su ciudad imperial.

Tras cruzar el puente, nos adentramos por la verja de hierro abierta de un palacio azul, y vagamos por el patio abandonado. Era el inicio de un laberinto, de una Casbah ártica donde un patio conducía a otro a través de arcadas y túneles y estrechos callejones sepultados por la nieve, y cuyo silencio era roto sólo por el sonido de las pezuñas de los caballos, el lejano sonido de campanillas, el esporádico reír de las gemelas, que aún nos seguían.

El frío era como un anestésico; llegó un momento en que tenía el cuerpo tan entumecido que habrían podido operarme sin anestesia. Pero la señorita Ryan se negaba a regresar. Dijo: «Esto es San Petersburgo, por amor de Dios. No estamos paseando por un lugar cualquiera. Quiero ver todo lo que pueda. Y más me vale hacerlo ahora. ¿Sabe dónde estaré en cuanto vuelva al hotel? Encerrada en una habitación, mecanografiando tonterías para los Breen.» Pero entonces comprendí que la señorita Ryan no resistiría mucho: tenía la cara roja como la de un borracho, y en la nariz se le había formado un punto blanco de hielo. Minutos después, al sentir la primera punzada de la congelación, consintió en volver al hotel.

El problema era que nos habíamos perdido. Las gemelas se lo pasaban en grande viéndonos dar vueltas por las mismas calles y patios. Gritaban y se abrazaban de risa cuando encontramos un anciano que cortaba leña, y le imploramos que nos indicara el camino haciendo oscilar los brazos como las agujas de una brújula mientras gritábamos: ¡Astoria! ¡Astoria! El leñador no entendía nada; bajó el hacha y nos acompañó hasta una esquina, donde tres atezados amigos suyos nos pidieron que repitiésemos la pantomima. Pero ninguno consiguió saber qué queríamos, y nos hicieron seña de que subiésemos hasta la calle siguiente. Por el camino, por curiosidad, se nos unió un joven larguirucho que llevaba un estuche de violín, y una mujer que debía de ser carnicera, pues sobre el abrigo llevaba un delantal manchado de sangre. Los rusos parloteaban y discutían entre ellos; decidimos que nos estaban llevando a comisaría, y a ninguno de los dos nos importó, siempre y cuando hubiera calefacción. La humedad de mi nariz se había congelado, y el frío me impedía enfocar bien la mirada. Sin embargo, veía lo bastante como para darme cuenta de que nos encontrábamos de nuevo en el puente peatonal del Canal del Neva. Sentí deseos de coger de la mano a la señorita Ryan y echar a correr. Pero ella opinaba que nuestra escolta nos había sido tan fiel que merecía ver cómo se resolvía el misterio. Desde el leñador al violinista, la procesión, conducida por las gemelas, que patinaban delante de nosotros cual flautistas de Hamelín, nos acompañó a través de la plaza hasta la entrada del Astoria. Mientras rodeaban una de las limusinas de Intourist que estaban aparcadas delante del hotel, y comenzaban a preguntarle al chófer quiénes éramos, nosotros entramos corriendo, nos derrumbamos sobre un banco y sorbimos aquel aire cálido como submarinistas que han permanecido demasiado tiempo bajo el agua.

Leonard Lyons se nos acercó.
–Tienen aspecto de haber estado fuera –dijo. La señorita Ryan asintió, y Lyons, bajando la voz, preguntó–: ¿Alguien les ha seguido?
–¡Sí –dijo la señorita Ryan–, una verdadera multitud!