Uno de los conflictos más largos que ha sufrido el continente africano ha sido la guerra civil de Angola, de 1975, cuando se independizó de Portugal, hasta 2002. Una de las muchas consecuencias trágicas de este conflicto es la permanencia en el territorio de multitud de minas antipersona, un tipo de mina terrestre diseñada no sólo para matar sino, sobre todo, para mutilar gravemente a la población. La intención con la que se crearon fue la de colapsar los servicios médicos enemigos, dañar vehículos no blindados y causar un efecto psicológico devastador, dado que generalmente causan más daños entre la población civil que entre las tropas. Se calcula que hay en el mundo más de 110 millones de minas antipersona repartidas en más de 64 países, la mayoría en el continente africano donde el problema es especialmente grave ya que pueden permanecer activas durante más de 50 años después del final de un conflicto.