Uno de los más perfectos ejemplos de la literatura indianista americana es esta novela del peruano Ciro Alegría. Narra la vida y la destrucción de Rumi, una que fue feliz comunidad de indios, y la expropiación de sus tierras comunales, contada a través de la visión de Rosendo Maqui, un comunero indio. Ciro Alegría profundiza en las relaciones de la conciencia india y el mundo natural, pero su personaje no puede afrontar el reto de la expropiación desde la ausencia de conciencia política propia de la comuna tradicional. Cuando Maqui muere en la cárcel, le sucede Benito Castro, que por el contrario ha vivido en la ciudad y se ha politizado.
Mardoqueo, después de dar una vuelta por los alrededores sonsacando a los colonos, llegó en esos momentos a la casa-hacienda, arreando su burro cargado de esteras.
Doña Leonor, mujer de don Alvaro, dijo al verlo entrar:
—Ah, ya estás aquí, Mardoqueo. Pensando en ti me hallaba porque necesito esteras para mis pongos...
—Güeno, patroncita...
—Tendrá hambre... Pasa por la cocina y que te den unas papitas con ají. Después hablaremos... Vamos a ver si no vienes muy carero..., últimamente has estado muy carero...
—Barato le daré, patroncita...
Mardoqueo, sin hacerse repetir la invitación, pasó a la cocina pensando que todo se le allanaba. Doña Leonor, realmente, no lo hizo con mala intención. Gustaba de obsequiar al pobre Mardoqueo, un hombre tan simple y bondadoso... Don Alvaro, seguido de su nuevo caporal, regresaba en ese instante al corredor y vio en el patio el asno cargado de esteras.
—¿De quién es ese burro?
—De Mardoqueo, el comunero que trae esteras...
Don Alvaro blasfemó y bufó llamando a pongos y caporales.
—Y tú también, Ramón, para ver qué tal lo haces... Saquen a ese indio, amárrenlo al eucalipto y denle cien latigazos por espía...
La señora Leonor y sus hijas corrieron a esconderse en sus habitaciones. Por todo el cuadrilátero de casas circuló el pavor como un viento. Mardoqueo fue arrastrado hasta el eucalipto. “¿Qué hago yo?”, “yo no hey hecho nada”, clamaba. Allí fue desnudado y amarrado de las muñecas al viejo tronco. Ramón, estimulado por la presencia de su benefactor, que miraba desde la puerta del escritorio, quiso dar prueba de su gratitud y cogió el látigo. Y el largo látigo de cuero ululó y estalló. Mardoqueo desgarró el aire con un clamoreante alarido; el látigo siguió cayendo entre quejidos cada vez más apagados hasta que por fin, en medio de un silencio que petrificaba todas las cosas, sólo se escuchó el ruido sordo de los golpes encarnizados e implacables. Cuando Mardoqueo fue libertado, rodó pesadamente por el suelo, cadavérico y sudoroso. De su espalda hinchada manaba una sangre negra.