Madero (1873-1913), fue un empresario y político mexicano, presidente electo de la nación tras la Revolución de 1910. Si en 1876 Porfirio Díaz usó el lema “Sufragio efectivo, no reelección” para llegar a la presidencia de México, muchos años después Francisco I. Madero usó el mismo lema en su campaña para alcanzar la presidencia de la república en México en 1911, y finalmente expulsar al mismo Díaz del poder. Madero, que había nacido en Coahuila en el seno de unas de las familias más ricas del norte del país, era un apasionado de la homeopatía, el espiritismo, la justicia social, la productividad y el aprovechamiento de la propiedad agrícola. Como presidente intentó reconciliar una serie de intereses encontrados como los de líder sureño Emiliano Zapata, quien reclamaba la legitimidad de la tierra y los “miembros de la corte” porfirista, millonarios y militares que habían decidido no exiliarse. Intentaba satisfacer las demandas de todos pero, como creyente de la democracia y sin afanes dictatoriales, nunca buscó facultades extraordinarias de gobierno. Trató de conciliar a todos, pero fracasó en su intento. Su espíritu conciliador se confundió con debilidad, su bondad con incompetencia. Todo esto creó un caldo de cultivo que culminó con un cuartelazo donde fue fusilado junto con su vicepresidente José María Pino Suárez.