La novela se encuadra en el llamado Neorrealismo de postguerra, que también alcanzó a otras artes, entre ellas notoriamente al cine. Refleja la existencia humilde y dramática de la pobre gente en un tiempo de miseria y pretende reflejarla de un modo directo, sin elaboraciones cultistas, pero con un fuerte contenido ideológico, cuya finalidad era la toma de conciencia de la situación del momento y del reciente pasado fascista. Los personajes de esta novela son los vecinos de una calle, la Via del Corno, de un barrio popular de Florencia entre 1920 y 1925, la época de ascensión del fascismo en Italia. Aurelia Cecchi, hija de un barrendero, Milena Bellini, hija de un oficial de juzgado, Bianca Quagliotti, hija de un dulcero ambulante. Maciste, Ugo y Mario, los “subversivos”. Osvaldo y Carlino, los “camaradas” fascistas. Y la “Señora”, dama solitaria y enferma que observa al vecindario desde su ventana junto a su “lecho del dolor” en el segundo piso del número 2. Pero la protagonista de esta novela coral es, en realidad, la propia calle, la colectividad de sus vecinos y las conversaciones que trenzan alrededor de los sucesos menudos que les ocurren a la vista de los demás como en un teatro.
Ha cantado el gallo del carbonero Nesi, se ha apagado el farol del Hotel Cervia. El rodar del coche que lleva a los tranviarios del turno de la noche ha sobresaltado al peluquero Oreste, que duerme en su tienda de la via dei Leoni, a cincuenta metros de la via del Corno. Mañana, día de mercado, su primer cliente será el granjero Calenzano que, como todos los viernes, se le presentará con barba de una semana. En lo alto de la Torre de Arnolfo el marzocco señala hacia el oriente, anunciando buen tiempo. En la callejuela, detrás del Palacio Viejo, los gatos deshacen bultos de basuras. Las casas están tan pegadas que la luz de la luna apenas si roza las ventanas de los últimos pisos. Pero el gallo de Nesi, que está en la azotea, la ha visto y ha cantado.
Al apagarse el foco eléctrico del hotel, sólo queda en la via del Corno una ventana iluminada; la de la habitación de la Señora, que se pasa las noches doliéndose de las llagas que tiene en la garganta. De cuando en cuando el caballo de Corrado, el herrador, da unas patadas sonoras; le han improvisado un pesebre detrás de la fragua. Es mayo, y en el aire nocturno, sin un soplo de viento, afloran los malos olores. Ante la herrería se acumula el estiércol de los caballos que han sido herrados durante el día. El meadero de la esquina de la via dei Leoni está tapado desde hace meses y desborda. Bultos y haces de basura doméstica han sido arrojados a la calle, junto a las puertas, como de costumbre.
Los policías andan con paso pesado y tienen voz segura. Se meten por la via del Corno con familiaridad y desenvoltura de púgiles que suben al ring. Es la ronda de los vigilados.
—¿Estás, Nanni?
—Buenas noches, sargento.
—Asómate, Nanni.
A un primer piso se asoma un hombre de cuarenta años, con cara de garduña. Camisa blanca, sin cuello, abrochada con un gemelo, las mangas subidas. Un cigarrillo pegado a los labios.
—Ahora vuélvete a la cama y que sueñes con cosas honestas -le dicen desde la calle.
—Se hará su voluntad, sargento.
Poco más allá, desde una ventanita situada en lo alto de la herrería, otro vigilado saluda a la ronda.
—Salud, sargento.
—Oye, Giulio: si vuelvo a encontrarte asomado, vas derecho al calabozo.
—A sus órdenes, sargento.
—A la cama, y buenas noches.
—¡Sargento!...
—¿Qué te pasa?
—No me tome usted ojeriza. Sólo me faltan dieciocho días para terminar con la amonestación.
—Yo, en tu caso, no estaría tan seguro. ¿Qué sabes de ese trabajito de la vía Bolognese?
—Por Dios, nada. Lo he leído en el periódico. Por lo demás ya sabe, usted que la vía Bolognese nunca ha sido mi zona.
—Ahora, a la cama. Ya hablaremos mañana.
La ronda se aleja hacia Borgo dei Greci. La fachada de Santa Croce está húmeda de luna. Pero esto no es cosa que interese a la policía.
Al fin la vía del Corno queda totalmente a disposición de los gatos que banquetean en un montón más grande de desperdicios: en la casa de los Bellini, segundo piso del número 3, ha habido una cena de bodas. Milena se ha casado con el hijo del fiambrera de la via dei Neri. Milena tiene dieciocho años, es rubia, con ojos claros de paloma: la vía del Corno ha perdido al segundo de sus ángeles Custodios. Milena, después del viaje de bodas, irá a vivir a un departamentito de le Cure.