La acción se inscribe en Shangai en 1927, cuando los grupos revolucionarios, adelantándose a la llegada de las tropas de Kuomingtang, mandadas por el general Chiang Kaishek, liberan la ciudad. Pero Chiang Kaishek se vuelve contra los comunistas. Éstos piden ayuda a la Internacional, que se la niega por consideraciones de alta política internacional. Un atentado contra Chiang desencadena una terrible represión en la que mueren la mayoría de los insurrectos, entre ellos el idealista Kyo. La acción de la novela sigue la historia paso a paso, pero se eleva al problema general de la intoxicación por la violencia como forma de escapar a la angustia de la “condición humana”.
En cuanto supo que había sido arrojada una bomba contra Chiang Kaishek, Hemmelrich corrió en busca de noticias. Le habían dicho que el general había muerto y que el criminal había huido; pero, delante del auto retorcido, con la capota arrancada, vio el cadáver de Chen sobre la acera —pequeño y ensangrentado, todo mojado ya por la bruma—, guardado por un soldado sentado a su lado; y se enteró de que el general no iba dentro del auto. Absurdamente, le pareció que el haber negado asilo a Chen era una de las causas de su muerte; corrió a la Permanencia comunista de su barrio, desesperado, y se pasó allí una hora, discutiendo en vano acerca del atentado. Entró un camarada.
—La Unión de los hilanderos, de Chapei, acaba de ser cerrada por los soldados de Chiang Kaishek.
—¿Los camaradas no se han resistido?
—Todos los que han protestado han sido fusilados inmediatamente. En Chapei se fusila también a los militantes o se prende fuego a sus casas... El Gobierno Municipal acaba de ser dispersado. Se cierran las Uniones.
No había instrucciones del Comité central. Los camaradas casados habían huido inmediatamente, para salvar a sus mujeres y a sus hijos.
En cuanto Hemmelrich hubo salido, oyó una descarga; corría el riesgo de ser reconocido; pero, ante todo, había que llevarse al chico y a la mujer. Por delante de él, pasaron entre la niebla dos autos blindados y camiones llenos de soldados de Chiang Kaishek. A lo lejos, continuaban las descargas; y otras, muy cerca.
No había soldados en la avenida de las Dos Repúblicas ni en la calle a la que su tienda hacía esquina. No: no había soldados. La puerta del almacén estaba abierta. Corrió hacia ella: en el suelo, había unos trozos de discos esparcidos, entre grandes manchas de sangre. La tienda había sido “barrida” por una granada, como una trinchera. La mujer estaba abatida sobre el mostrador, casi acurrucada, con el pecho del color de la herida. En un rincón, un brazo del niño; la mano, así aislada, parecía aún más pequeña. “¡Con tal que hayan muerto!...” —pensó Hemmelrich. Sentía miedo, ante todo, por una agonía a la cual tendría que asistir, impotente, bueno sólo para sufrir, como de costumbre —más por miedo mismo que por la presencia de aquellos anaqueles, acribillados de manchas rojas y de cascos de granada. A través de la suela, sintió el suelo pegajoso. “Su sangre.” Permanecía inmóvil, sin atreverse ya a moverse, mirando, mirando... Descubrió, por fin, el cuerpo del niño, junto a la puerta que lo ocultaba. A lo lejos, explotaron dos granadas. Hemmelrich apenas respiraba, asfixiado por el olor de la sangre vertida. “No es cosa de enterrarlos...” Cerró la puerta con llave, y se quedó allí. “Si vienen y me reconocen, me matarán.” Pero no podía irse.