Wladyslaw Szpilman, pianista polaco de origen judío, narra la historia verdadera de cómo consiguió escapar del Holocausto y cómo cuando Varsovia estaba a punto de ser liberada por las tropas soviéticas, fue descubierto en su escondrijo por un oficial alemán, Wilm Hosenfeld, que le procuró alimentos y le salvó la vida. En el piano de la casa en ruinas donde se escondía, Szpilman toca para el alemán el Nocturno en Do sostenido menor de Chopin. El libro es un valioso testimonio de la vida en el gueto de Varsovia hasta su salvaje destrucción por los nazis.
El 14 de enero, viernes, furiosos por sus derrotas en el frente y por la evidente alegría que éstas causaban a los polacos, los alemanes reemprendieron las cacerías humanas. Esta vez las extendieron por toda Varsovia. Duraron tres días sin interrupción. Todos los días, al ir y al volver del trabajo, veíamos cómo perseguían y capturaban gente en las calles. Convoyes de camiones de policía cargados de prisioneros iban hasta la cárcel y volvían vacíos, listos para recoger nuevos lotes de futuros internos en campos de concentración. Bastantes arios buscaron refugio en el gueto. En estos días difíciles se dio otra de las paradojas del periodo de ocupación: el brazalete con la estrella de David, el más amenazador de los símbolos en otro tiempo, se convirtió de la noche a la mañana en una protección, una especie de seguro, puesto que los judíos no eran ya la presa.
Sin embargo, dos días después nos tocó a nosotros. Cuando salí del edificio el lunes por la mañana no encontré a todo nuestro grupo en la calle, sino sólo a unos pocos trabajadores, sin duda los considerados indispensables. Yo, como «gerente del almacén», estaba entre ellos. Nos pusimos en marcha, escoltados por dos policías, en dirección a la puerta del gueto. Habitualmente sólo la guardaban agentes de la policía judía, pero ese día toda una unidad de la policía alemana estaba comprobando minuciosamente los documentos de quienes salían del gueto para ir a trabajar. Un chico de unos diez años llegó corriendo por la acera. Estaba muy pálido, y tan asustado que olvidó quitarse la gorra ante un policía alemán que iba hacia él. El alemán se detuvo, sacó su revólver sin decir una palabra, se lo puso en la sien al chico y disparó. El niño cayó al suelo agitando los brazos, se quedó rígido y murió. El policía devolvió con calma el revólver a la funda y siguió su camino. Lo miré; no tenía unos rasgos especialmente brutales ni parecía enfadado. Era un hombre normal, apacible, que había cumplido con una de sus obligaciones menores cotidianas y la había apartado de su mente al instante, porque le esperaban otros asuntos de mayor importancia.