Para los alemanes que lucharon en la segunda Guerra Mundial las tropas soviéticas eran el peor mal posible y evitar caer en sus manos se convirtió en una cuestión fundamental, considerada de vida o muerte dadas las historias de torturas, violaciones, ejecuciones y demás tropelías que la población civil contaba a la paso de los ejércitos de Stalin, engrandecidas además por la propaganda nazi. De esta forma, en los últimos momentos de la Guerra Mundial en Europa, se produjeron enormes movimientos migratorios hacia las zonas controladas por los aliados. De hecho, cuando Hitler se suicidó y el gobierno cayó en manos del Almirante Döenitz, éste intento aguantar la guerra lo más posible, para conseguir más tiempo y poder trasladar el mayor número de civiles y soldados de las zonas ocupadas por los soviéticos a las de los aliados.