PACIFICO: Relato de un desembarco en el Pacífico

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PACIFICO: Relato de un desembarco en el Pacífico

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  Minutos antes de las 9 h., las barcazas que transportaban la primera oleada de asalto de marines llegó al arrecife. Hasta este momento, ninguna de ellas había sido tocada. La playa se encontraba todavía a un millar de metros (...). \\    Los hombres saltaron por encima de la borda de las barcazas detenidas y se dejaron deslizar dentro del agua; a continuación, empezaron a caminar. Las ametralladoras japonesas abrieron fuego contra ellos. Algunos habían echado a andar con el agua hasta el pecho, e incluso hasta el cuello, levantando sus armas por encima de la cabeza.. Alrededor de los grupos de soldados que, de esta manera, marchaban hacia la playa, la llana superficie de la laguna se cubrió de pequeñas salpicaduras. Los grupos se fueron haciendo cada vez menos nutridos. Los hombres desaparecían de pronto bajo el agua, o bien, cambiando de expresión, recorrían encorvados unos metros, y luego se desplomaban. Algunos de los que caían en aguas poco profundas dejaban asomar una parte del cuerpo, o el equipo o el fusil. Entre tanto, las ametralladoras seguían disparando contra ellos. La orilla estaba ya muy próxima, pero no se veía ni un japonés en ella. Por contra, los soldados de la primera oleada que caminaban hacia la playa "roja" 1, veían lo siguiente: internándose en la mar, a unos setecientos metros a la izquierda, estaba el tosco muelle, ya dañado, construido con tablones puestos sobre pilotes de cocotero. Justo ante ellos y, en primer plano, aparecía una franja de arena clara y coral marrón y verde, de seis o siete metros de anchura; más allá y levantando bruscamente el nivel de la playa, se divisaba una especie de rompeolas de algo más de un metro de alto (un metro veinte; este terraplén, construido sólidamente con troncos de cocotero; bordeaba las playas en toda su longitud); hacia el fondo, el suelo arenoso de la isla con sus desgarra-dos cocoteros aparecía y desaparecía entre el humo. La orilla era un desierto, y la muerte que salía a recibir a los marines era invisible. El sol brillaba al Este en un cielo de vivo azul, por encima de la mar... Pero había que seguir avanzando hacia aquel pequeño infierno tan bien organizado por los hombres, avanzando en medio de las mortales salpicaduras, con rumbo a aquella costa de aniquilación coronada de negras y funerarias humaredas. Si, con mucha suerte,-se lograba llegar ileso hasta la orilla, y si se conseguía atravesar corriendo. los siete metros de arenal que había hasta el rompeolas, se encontraría allí un ángulo muerto de protección que resultaba algo maravilloso. Pero el deber se hallaba precisamente al otro lado del terraplén. Donde estaban las ametralladoras y los cañones japoneses, cuyos reductos era necesario atacar y destruir; esos mismos reductos con los que no habían podido tres mil toneladas de proyectiles... Y los primeros marines se lanzaron adelante armados de fusil y bombas de mano (...).FUENTE: BLOND, G., El superviviente del Pacífico. Madrid, F. Uriarte, 1965, pp. 205-206.