A la mañana siguiente la alarma se terminó al mediodía. Mi hermana se fue a la Comisaría de policía del oeste, mi hermano el mayor a su trabajo, mi primo Ken-chan y yo, a la escuela. Cuando estábamos formando las filas para entrar en clase, estalló un relámpago brusco y aterrador y nos vimos como golpeados por una mano invisible. Una luz de color amarillo oscuro se extendió a nuestro alrededor, con una tal intensidad que no podíamos abrir los ojos. Me cubrí la cara con las manos y di media vuelta. Alguien chilló a mi lado y tuvimos que echarnos al suelo. Estábamos en el patio de la escuela y algunos segundos más tarde oí voces que venían de la puerta norte. Levanté la cabeza y vi a la gente que se precipitaba hacia la salida gritando desesperadamente. Yo también estaba gritando y corrí con todas mis fuerzas. \\ En aquel momento, el edificio de la escuela no ardía todavía, pero las tejas del tejado y los cristales de las ventanas habían sido destruidos por la explosión. Nos precipitamos hacia las colinas. Al pasar por el portalón de la entrada nos dimos cuenta de que- las legumbres del huerto habían sido arrancadas por la explosión. \\ Cada uno de nosotros intentaba escapar sin ocuparse de los demás. Las casas estaban o completamente destruidas o inclinadas por la fuerza de la explosión. Tenía tanto calor que tomé un cubo de agua del depósito instalado para casos de incendio para echármelo sobre el cuerpo. Pude entonces seguir a los demás en su huida. Corrí hacia un coche que se encontraba en la avenida que conducía al río Mitaki. Habiendo recobrado el sentido, empecé a fijarme en mi estado. La parte alta de mi cuerpo estaba desnuda y la cintura y las piernas cubiertas de harapos. Mi pan-talón también había sido arrancado por la bomba. De pronto, empezó a invadirme una gran debilidad. A mi izquierda, pude ver una casa cuyas llamas lamían vigorosamente la cocina. Como loca, eché a correr y me precipité en el río Mitaki. Gracias a la ayuda de Ken-chan, logré salir del agua y dirigirme a nuestra casita de Uchikoski. Pronto me fue imposible continuar andando porque las quemaduras me robaban las fuerzas. Mi brazos y mis piernas estaban rígidos, las partes quemadas, hinchadas. Mi pierna derecha, también. La piel parecía desprenderse, poniendo al descubierto la carne de color rojo intenso. Ken-chan me dio la mano y me arrastró hacia adelante. \\ Al pie de la colina, las enfermeras del hospital de Mitaki nos acogieron .y nos condujeron al refugio antiaéreo más próximo. Nuestras heridas eran cada vez más dolorosas y me eché a llorar. Ken-chan empezó también a llorar. Eran unos sollozos lastimeros, entrecortados, que me hacían estremecer y me ponían la piel de gallina. Sin embargo, las enfermeras que nos habían acogido conducían al refugio un número cada vez mayor de heridos. Miré al hombre que tenía al lado, un inválido. Parecía presa de vértigo y se acurrucó. Una enfermera corrió hacia el exterior y volvió con algunas planchas que colocó en el suelo. El hombre se echó sobre las planchas recubiertas por una sábana muy sucia. Después de haber interrogado al soldado, la enfermera escribió un nombre en un trozo de papel y lo colocó a la altura de su cabeza. A mi alrededor todos parecían estar muertos. \\ Cogí la mano de Ken-chan para salir del refugio, pero fuera llovía a cántaros. Ambos llorábamos desconsoladamente; nos pusimos a soplarnos uno al otro las quemaduras para hacer disminuir el dolor. \\ Transcurrió alrededor de una hora. La lluvia había cesado. Como ninguna enfermera se ocupaba de nosotros, Ken-chan y yo abandonamos el refugio. Mientras habíamos estado sentados en el refugio, nuestras piernas se habían vuelto tan rígidas que ya no podíamos doblarlas. \\ Fuera avanzaba una procesión de víctimas asadas. Sus cuerpos estaban rojos de quemaduras y casi todos andaban desnudos. Estas gentes se movían muy lentamente y a cada momento uno de ellos se desplomaba al suelo. En los bordes del río y en los campos hombres y mujeres estaban tendidos en el suelo como el ganado. Y más lejos, cerca del puente, una mujer encinta, cubierta de quemaduras, estaba echada en el suelo, completamente desnuda.FUENTE: F. GIJÓN: Horror en cadena: Apocalipsis del átomo (Barcelona 1960), págs. 51-53.