La mayoría de los americanos del Continente se enteraron por radio de la terrible noticia. Las distintas emisoras radiaron, a partir de las 14,26 boletines especiales de información. Que para el estupefacto americano fue una brutal noticia.
En realidad, poco se sabía. La gente se enteró de que Japón había llevado a cabo un ataque aéreo sobre Pearl Harbour, sin declaración de guerra. Los comunicados, a falta de detalles, acentuaban el carácter infame de este ataque sorpresa. Poco a poco, las aclaraciones y las precisiones fueron llegando, aumentando la indignación general.
Al finalizar la tarde del domingo 7 de diciembre, América conocía aproximadamente la magnitud del desastre: su flota del Pacífico y más particular-mente sus acorazados se hallaban gravemente alcanzados, y la aviación de Hawai prácticamente anulada. Sólo varios días más tarde pudo establecerse el balance definitivo del ataque japonés. Los acorazados Arizona y Oklahoma, el dragaminas 0glala, y el blanco de tiro Utah, estaban a pique. Los acorazados California, West Virginia y Nevada se hallaban gravemente dañados y embarrancados, pero podían ser puestos a flote y reparados. Los acorazados Maryland, Tennessee y Pennsylvania, estaban gravemente tocados, lo mismo que los cruceros Helena, Raleigh y Honolulú, los destructores Cassin, Downes y Shaw, y los barcos auxiliares Vesta y Curtiss.
Los japoneses habían destruido 188 aviones americanos y dañado otros 159. Se deploraban 2.403 víctimas, desaparecidas o fallecidas a consecuencia de heridas, y 1.178 heridos. Además, numerosas instalaciones terrestres se hallaban destruidas o seriamente dañadas.
El golpe era rudo y doloroso, pero llevaba en sí el germen que debía galvanizar al pueblo americano. En efecto, fue más la naturaleza del gesto que sus consecuencias estratégicas lo que debía revestir una importancia capital. Al día siguiente, el presidente Roosevelt anunció en la tribuna del Congreso la declaración de guerra de Estados Unidos contra el Imperio nipón. Expresó la resolución unánime de la nación y definió el ataque a Pearl Harbour como símbolo, para la nación y el mundo entero, el día de la infamia. Si, era un símbolo, y la expresión de una legítima cólera, aunque todo ello muy alejado de la verdad histórica, ya que si Japón había efectivamente atacado antes de su declaración de guerra, fue por un inexplicable retraso en la transcripción del mensaje nipón que habría debido ser entregado a las 13 horas del día 7 de diciembre a Cordell Hull. Cierto, el margen de tiempo previsto entre la entrega del texto oficial y la hora fijada para el ataque era breve, destinado a impedirles a los americanos que adoptasen sus disposiciones, pero tendía también a librar a los jefes japoneses de la acusación americana de haber violado el artículo primero de la convención de La Haya, del 18 de octubre de 1907.
La importancia concedida a esta retórica en torno al vocablo «infamia» se hallaba en realidad destinada, por una parte, a velar la falta de preparativos de las fuerzas militares de Estados Unidos y, por otra, a arrastrar a América a una guerra de castigo.
Sería injusto ensombrecer exageradamente las intenciones japonesas, deliberadamente bélicas y desprovistas de escrúpulos, sí, pero que no tenían todo el peso de las responsabilidades como podría creerse a raíz de los indignados artículos de la Prensa americana de la época, cuyos cronistas desarrollaban abundantemente el tema del presidente Roosevelt...
Sin embargo, algunas personalidades de espíritu crítico se atrevieron a expresar una opinión que no ha sido, hasta el momento actual, ni desmentida ni confirmada. Pretendían que los dirigentes intervencionistas de Estados Unidos, deliberadamente dieron señales de falta de preparación e indolencia, sabiendo muy bien lo que preparaban los japoneses, para provocar el brutal golpe psicológico que, indudablemente, uniría a todos los aislacionistas indignados, determinando al mismo tiempo un estado de conciencia de las realidades del pueblo americano frente a una guerra ya inevitable. Esta opinión le atribuía a la administración Roosvelt una política maquiavélica, y cuando se conocen las dificultades del presidente ante la fracción aislacionista del Congreso, está permitido imaginarse esta perniciosa forma de actuar.
Sea como sea, los americanos acaban de sufrir un serio desastre, que habría podido ser mucho más grave si los japoneses hubieran sabido explotar a fondo todas las posibilidades que se les ofrecían. En efecto, los dos portaaviones estaban intactos, el arsenal y las reservas de carburante completamente indemnes.FUENTE: Bernad Millot: “La guerra del pacífico”. Trad. de Miguel Giménez Sales, I (Barcelona 1969), págs. 55-57. Historia Contemporánea Mundial Bibliografía y Textos”.