EUROPA: Del pacto germano-soviético a la invasión de Rusia

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EUROPA: Del pacto germano-soviético a la invasión de Rusia

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  La idea de la guerra contra Rusia -que algunos políticos y ciertos militares alemanes habían acariciado siempre, pero que no fue tomada seriamente en consideración por los dirigentes del Reich hasta la primavera de 1941- estaba, pues, entera-mente condicionada por las necesidades de la lucha contra Inglaterra. \\    El problema de una campaña en el Este se planteó en el espíritu del Führer con extrema claridad; necesitaba moverse a sus anchas en la guerra sin cuartel contra el enemigo británico; disponer de un extenso territorio, rico y fértil para resistir mejor y por más tiempo en una «guerra de usura», y permanecer solo hasta el fin, sobre todo al llegar éste. Tal idea tenía la ventaja de volver a Hitler a sus más caras teorías del Mein Kampf. Satisfacía la necesidad de espacio extenso, ilimitado, y, además, próximo y directamente unido al territorio del Reich; espacio que, por un esfuerzo de trabajo y de colonización del pueblo alemán, podía prolongar a la gran Alemania hasta Crimea, el Cáucaso y aún más allá. Era el objeto de conquista más atrayente que los pequeños países europeos, pobres y díscolos, sin recursos y llenos de pretensiones, de los que era difícil conseguir -fueran cuales fueran los métodos empleados por la potencia ocupante: brutalidad o tolerancia, violencia o persuasión- algo que no fuese odio, resistencia, incomprensión y desprecio. Instalado en Ucrania y en el Cáucaso, dueño de la tierra más fértil, del suelo más rico del mundo, disponiendo de un mar interior y dominando las grandes rutas que penetran en Asia o descienden hacia el golfo Pérsico y la India, el Reich no necesitaría más conquistas para tener a su merced, no sólo a Europa, sino también a los otros continentes. Semejante perspectiva ofrecía tantas ventajas que incluso permitía entrever la posibilidad de una paz más fácil y más estrecha con la Gran Bretaña. En efecto: si la resistencia británica se eternizaba, Alemania tendría siempre -puesto que dispondría de la riqueza y la inmensidad de los territorios rusos- posibilidad de apresurar la paz, renunciando a todas sus conquistas occidentales. Para lograr esa paz, que no pondría en litigio su potencia mundial, le convendría devolver su libertad a todo el Oeste europeo, desde Noruega hasta la frontera española. De esta forma, la guerra del Este suministraría a los alemanes una preciosa materia de cambio con la que actuar a su antojo para conseguir la paz en el Oeste. \\    A estos argumentos de política pura venían a añadirse algunos razonamientos de orden ideológico, capaces, si no -de acarrear una decisión, de revelar un gran movimiento de solidaridad europea y de entusiasmo universal. La Rusia soviética era aún la gran desconocida, que fácilmente podía considerarse como «la gran enemiga»; ella misma se había prestado a representar ese papel, por su actitud con Finlandia, los Estados bálticos y Rumania. Combatir a Moscú, ¿no equivalía a rechazar -o acaso destruir para siempre- al bolchevismo, ese «coco» que sembraba el terror, tanto en Europa como en América? ¿No era lícito esperar que si Alemania emprendía esa cruzada contra el espíritu del mal, enemigo jurado de la civilización, despertaría las simpatías y las esperanzas, no sólo en el interior de los Esta-dos totalitarios, dirigidos por principio, contra el comunismo «judío-marxista», sino también en los países vecinos, temerosos de los desórdenes que podían provocar las alternativas de la guerra, y hasta en los países enemigos anglosajones, profunda-mente opuestos a las tendencias bolchevistas? Poniendo de su parte cierto idealismo y luchando por intereses que podían fácilmente pasar por intereses generales, ¿no debilitaría el Reich la posición de sus adversarios, dejando a su cargo explicar la extraña coalición entre el liberalismo inglés y el comunismo soviético? \\    Las heridas que la U.R.S.S. había hecho con su expansión súbita y brutal, y -más aún- el temor de nuevos excesos, provocados por ella, alistaban de ante-mano a varios países limítrofes en las banderas de la potencia que intentase rechazar el poder invasor del imperio soviético. Alemania sabía que sería ayudada por el nuevo régimen de Rumania, y que podía contar con Finlandia. Aplastados entre el Reich y la U.R.S.S., víctimas de la alianza germano-soviética, heridos por Moscú y cercados por Alemania, esos dos países eran susceptibles de convencer para que, entre dos males, y para escapar al cerco asfixiante, escogieran el que les pareciese menor. Pero no era solamente en Finlandia -resentida aún por los golpes recibidos-ni en Rumania -ocupada enteramente por los ejércitos del Reich- donde Hitler podía conseguir partidarios convencidos y aliados fieles. La Unión Soviética se había aprovechado del acrecentamiento de fuerza y de autoridad que debía al pacto de Moscú para atemorizar a la mayoría de sus vecinos de Europa y de Asia. Había seducido al ministro de Asuntos Extranjeros de Turquía y echado más de una mirada de codicia sobre el Irán y el Afganistán. Su nueva política, su tendencia a discutirlo todo, su necesidad de renovar, de ejercer presiones continuas, de avanzar sus fronteras, habían inspirado a sus vecinos un sentimiento de inseguridad y despertado en ellos el temor de que la próxima expansión del imperio de los Soviets se hiciera a costa de uno de ellos. Sólo Alemania parecía tener talla suficiente para detener el dinamismo soviético; de igual modo que únicamente la U.R.S.S. parecía capaz de absorber el dinamismo alemán, desviándolo de otros caminos en que su actuación podía ser fatal. La idea de una guerra germano-soviética era popular, tanto en Ankara como en Teherán y Kabul.FUENTE: GRIGORE GAFENCU: Guerra en el Este. Trad. de Santiago Magariños (Madrid 1945), págs. 183-185.