Este libro trata de una serie de cruciales decisiones tomadas por Roosevelt, Churchill, Stalin, Hitler, Mussolini y el gobierno japonés, en la Segunda Guerra Mundial, en los pocos meses que trascurren entre Dunquerque y Pearl Harbor, y de sus trascendentales consecuencias. Esas decisiones en algún caso son consecuencia de una larga trayectoria política anterior que las hace aparecer como difícilmente evitables, como la decisión japonesa de atacar Pearl Harbor, mientras que otras, como la de Stalin de no creer en el inminente ataque alemán, pese a las evidencias abrumadoras que le revelaron los servicios de inteligencia, o la de Hitler de declarar la guerra a los Estados Unidos, son poco menos que inexplicables en términos políticos y sólo parece plausible una explicación basada en la paranoia del primero o en el impulso autodestructivo inconsciente del segundo. De esta última decisión de Hitler, la explicación de Kershaw es coherente en términos de ideología política nazi (el impulso autodestructivo inconsciente es sólo una hipótesis, pero que no es fácil de articular ni fundamentar y Kershaw no la menciona, aunque sí está claramente implícita), pero aún así impresiona por su irracionalidad, cuando el Pacto Tripartito no le obligaba a ello y propio Hitler reconocía que no tenía ni la menor idea de cómo derrotar a los americanos. Hay multitud de información, expuesta con brillantez y un aplastante apoyo documental en más de cien páginas de notas y bibliografía. Por citar sólo un punto, es impresionante la argumentación de por qué el pacto germano-soviético convenía a ambas partes (páginas 344 y siguientes). También es muy interesante, a propósito de la decisión japonesa de atacar Pearl Harbor, el análisis del peculiar sistema de “autoritarismo colectivo” del gobierno japonés.
Sobre las particulares “decisiones” analizadas en este libro, dos observaciones. En primer lugar, extraña un poco la inclusión de la decisión de Hitler de llevar a cabo el Holocausto, pues a pesar de su terrible trascendencia, que desde entonces y hacia el futuro no ha hecho más que crecer, su importancia “en relación con el curso de la guerra” es escasa. Con o sin Holocausto, el desarrollo y resultado final de la guerra no habrían variado sustancialmente. La otra se refiere a una decisión, ésta sí crucial para el curso de la guerra, y sin embargo apenas aludida: la de Hitler de no destruir en Dunquerque el cuerpo expedicionario británico. La explicación que da Kershaw como de pasada en la página 61 es la considerada más probable hoy: Hitler habría seguido el consejo de Rundsted de preservar sus unidades motorizadas para la ofensiva final en el sur. Por último, vale la pena mencionar el brillante epílogo, un resumen general que merece por sí solo una lectura atenta y asidua.