Henderson fue embajador británico en la Alemania de Hitler en los dos años anteriores a la guerra. Pertenecía a la facción “apaciguadora” representada por el Primer Ministro Chamberlain y a esa búsqueda de la paz dedicó todos sus esfuerzos. Este libro es el testimonio de su fracaso tan rotundo como inevitable, y en este sentido es un libro trágico. Henderson fue tratado injustamente, no sólo por una parte de la prensa británica que lo llamaba “nuestro embajador nazi en Berlín”, sino también por Chamberlain y Lord Halifax, que después de llamarlo a consultas tras la crisis checoslovaca, lo reintegraron a su puesto, sin duda como chivo expiatorio de una política ya sin salida. Esto lo deduce el lector, pero Henderson, un caballero inglés de la vieja escuela, se limita a decir con elegancia que su gobierno “prefirió posiblemente no cambiar de caballo en mitad de carrera”. Desde luego, Henderson no era un ingenuo y la imposibilidad de su misión la adivinó pronto; por eso sus denodados esfuerzos, hasta horas antes de la invasión de Polonia, resultan tanto más patéticos.
En estas últimas horas nos hace conocer bien a Ribbentrop y su increíble perfidia. También hace un retrato muy perspicaz del propio Hitler con ocasión de sus contactos personales. Capta, por ejemplo, cuánto tenían de preparados sus famosos estallidos de cólera. Sus opiniones sobre Goering, en cambio, resultan desconcertantes. Cree siempre, incluso en el último minuto, que Goering era partidario de la paz, pero también y ante todo, un siervo incondicional de Hitler. En algunos casos (página 206) da la impresión de creer que la influencia maligna de Himmler, Ribbentrop y Goebbels empujaba a Hitler a las decisiones más extremas cuando éste “parecía vacilar”, cuando es seguro que el reparto de papeles estaba muy astutamente diseñado por el propio Hitler, también cuando de lo que se trataba es de dar la apariencia conciliadora o de inspirar confianza al pueblo alemán.