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Éste es el primer tomo de los dos que comprende la reducción hecha por Denis Kelly de la obra original en seis. No es una historia de la guerra en el sentido académico o convencional, sino (lo que es mucho más interesante) el testimonio de uno de sus principales actores. En este sentido, esta obra es única y sin posible comparación. Tampoco es un diario de guerra, como el de Ciano, por ejemplo, porque está escrito después de la guerra e incorpora muchos datos que durante ella no podían ser conocidos; ni propiamente unas memorias, porque se ciñe exclusivamente a la guerra, incluso dispensando más atención a los hechos bélicos que a las vicisitudes políticas o diplomáticas, lo que sin duda corresponde con sus preocupaciones diarias vertidas en las notas en las que se basa el relato. A veces se encuentran ciertos rasgos de “historia oficial” no inesperados y hasta algún intento de “adivinar el pasado” como cuando en un encuentro con Pétain, en los días de la retirada de Dunkerque, escribe Churchill: “por la actitud del mariscal Pétain, indiferente y sombría, me daba la sensación de que aceptaría una paz por separado”. Con tal testigo, siempre se descubren detalles nuevos, no que sean desconocidos pero sí que suelen desconocerse. Por ejemplo, que Polonia se sumó, con apetito de hiena, al pillaje y desmembración de Checoslovaquia por los nazis, obteniendo Teschen como limosna. Hay escenas impresionantes que nadie mejor que él para narrar, como por ejemplo la descripción del funcionamiento de la sala subterránea de operaciones del Grupo de Cazas número 11 (página 395) en lo más agudo de la batalla aérea sobre Inglaterra. Uno de los rasgos más admirables del Primer Ministro era su valor físico. En este libro (página 332) cuenta sin alardes que, a punto de caer París en manos de los alemanes, voló de Orleáns a Londres sin escolta y avistando cazas alemanes. Churchill siempre veía más lejos que los demás y su comprensión de la realidad política siempre impresiona por su agudeza. Valga como ejemplo esta observación sobre el comunismo: “los comunistas soviéticos odian a los políticos de la extrema izquierda incluso más que a los tories y los liberales. Cuanto más se acerca uno al sentimiento del comunismo, más detestable lo encuentran los soviéticos, a menos que se incorpore al partido” (página 321). Este primer tomo concluye con el ataque de Alemania a la Unión Soviética el 21 de junio de 1941 y con el impresionante comunicado que Churchill emitió por radio aquella misma noche. 2vol:
Gran parte de la primera mitad de este segundo tomo está dedicada al asunto, obsesivo para Churchill, de la operación “Overlord” (el desembarco en Francia), no sólo a la decisión y localización, sino a los detalles técnicos de la operación, como por ejemplo las escasas y valiosas lanchas de desembarco. Por lo demás, sigue la narración fascinante de la guerra con gran atención, como en el tomo 1º, a las operaciones militares; por ejemplo, a la batalla naval de Leyte, en las Filipinas, poco conocida en Europa, o a la campaña del desierto o a la guerra en Italia. Tienen gran interés los sucesivos encuentros con Stalin y la correspondencia entre ellos, relación a la vez amistosa y difícil, agria y afectuosa, según las vicisitudes de la guerra. También hay espacio para las crisis políticas, como la caída de Mussolini, o la moción de censura a la que el propio Churchill fue sometido y que resultó derrotada por 475 votos contra 25; este capítulo es muy ilustrativo del funcionamiento del Parlamento británico. En la conferencia de Yalta, dedica gran atención a las nuevas fronteras de Polonia. Se fijó la frontera oriental en la llamada línea Curzon. Quedó en el aire en cambio en la frontera occidental, ambiguamente fijada en los ríos Oder-Neisse sin precisar si se trataba del Neisse occidental (como opinaba Stalin y así resultó) o del Neisse oriental (como Churchill dice que fue acordado). Las horas luminosas del fin de la guerra en Europa resultaron sombrías para Churchill por los desacuerdos con los norteamericanos sobre Stalin y su incumplimiento de los acuerdos adoptados. Churchill temía una tercera guerra mundial a continuación de la desmovilización de los ejércitos occidentales. Concluye el libro con un epílogo escrito en Chartwell en 1957, doce años después del fin de la guerra.