JÜNGER, Ernst (1920). Tempestades de acero.

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JÜNGER, Ernst (1920). Tempestades de acero.

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Tempestades de acero son los diarios del autor durante la Gran Guerra, escritos con escalofriante realismo desde la primera línea de fuego. Jünger elabora sus recuerdos sin trama novelesca ni personajes de ficción. Aquí están todos los elementos que hicieron de aquella guerra la experiencia más mortífera hasta entonces conocida, la que permitió asociar por primera vez la guerra moderna a la palabra Exterminio. Vemos las nuevas armas, el fuego que llega desde el aire con las nuevas aeronaves, la muerte química o la ceguera masiva en forma de gases venenosos, los camilleros recogiendo heridos entre el fuego, los hospitales de campaña y los trenes-hospitales, el enardecimiento de los asaltos y el tedio mortal de las trincheras. Pero a diferencia de Remarque, el posicionamiento moral de Jünger ante la guerra es más ambiguo de lo que una aproximación superficial podría sugerir. Para Jünger el sentido de la guerra reside en su fatalidad. La guerra es trágica pero necesaria. Hay también en Jünger una concepción caballeresca de la guerra que hoy nos parece absurda, pero que aún no lo era en 1918. Jünger es el último representante de una literatura “heroica” concebida para trasmitir valores.

De repente salió del lado de allá un disparo que hizo que uno de nuestros hombres se derrumbase muerto sobre el barro. Ambos bandos desaparecieron entonces como topos en las trincheras. Me dirigí a la parte de nuestra posición que se hallaba frente a la zapa inglesa y a gritos comuniqué a los hombres del otro lado que quería hablar con un oficial. Algunos ingleses se dirigieron efectivamente hacia atrás y al poco tiempo trajeron consigo, desde su trinchera principal, a un hombre joven. Con mis prismáticos pude ver que solamente se diferenciaba de los demás en que su gorra era de mejor calidad. Al principio la conversación se desarrolló en inglés, y luego, un poco más fluidamente, en francés, mientras la tropa que nos rodeaba escuchaba con atención. Le recriminé que uno de nuestros hombres hubiera sido muerto por un disparo hecho con insidia. El me respondió que no había sido su compañía, sino la de al lado, la que había cometido aquella perfidia.

Cuando algunas balas disparadas desde el sector vecino al nuestro fueron a dar cerca de su cabeza, dijo:
—II y a cochons aussi chez vous!

Al oír estas palabras me dispuse a ponerme a cubierto. Sin embargo, seguimos hablando de varios asuntos. La manera en que lo hacíamos expresaba un respeto casi deportivo por el otro, y al acabar nos habría gustado intercambiar algunos regalos como recuerdo.

Con el fin de que las cosas volvieran a quedar claras entre nosotros, nos declaramos solemnemente la guerra; comenzaría tres minutos después de que se interrumpieran las conversaciones. El me dijo: «Guten Abend!», yo le respondí: «Au revoir!», y con gran pesar de mis hombres disparé un tiro contra su escudo de protección. A él siguió inmediatamente un tiro desde el otro lado, que a punto estuvo de arrancarme de las manos el fusil.

Por vez primera pude echar en esta ocasión un vistazo al terreno intermedio que se extendía delante de la zapa, ya que en otros momentos no podía uno enseñar, en un lugar tan peligroso como aquél, ni siquiera la punta de la gorra. Pude observar que junto a nuestra alambrada yacía un esqueleto cuyos blancos huesos resplandecían entre los jirones de un uniforme azul. Ese día pudimos comprobar, por las insignias de las gorras inglesas, que teníamos frente a nosotros el Regimiento Hindostan-Leicestershire.

Poco después de esta conversación lanzó nuestra artillería algunos proyectiles contra la posición enemiga; acto seguido vimos cómo la gente de allá transportaba por terreno descubierto cuatro camillas, sin que, con gran contento mío, nadie disparase un solo tiro desde nuestro lado.

En la guerra he aspirado siempre a contemplar sin odio al adversario, a apreciarlo como hombre de acuerdo con su valor. Me he esforzado en buscarlo en la lucha para matarlo y no he esperado de él otra cosa. Pero nunca he pensado que fuera un ser vil. Cuando más tarde cayeron en mis manos prisioneros, me sentí responsable de su seguridad y procuré hacer por ellos todo lo que estaba a mi alcance.