JOYCE, James (1916). Retrato del artista adolescente.

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JOYCE, James (1916). Retrato del artista adolescente.

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Este libro trata de la adolescencia de un artista, Stephen Dedalus, en su última época escolar y primera universitaria. Stephen Dedalus, alter ego del autor, es un muchacho ultranervioso y sensible, en busca de su propio concepto del mundo, que acaba de descubrir el amor y que lucha para no someterse al delirio religioso de sus maestros jesuitas, pero marcado de manera indeleble por la liturgia católica y la fe en la que dice no creer. En esta lucha por su autoafirmación, Stephen tropieza también con la ideología nacionalista irlandesa, inseparable de la educación católica. “Cuando el alma de un hombre nace en este país, se encuentra con unas redes arrojadas para retenerla, para impedirle huir. Me estás hablando de nacionalidad, de lengua, de religión. Ésas son las redes de la que yo he de procurar escaparme”. Al trazar el retrato (que es un autorretrato) de un muchacho que lucha por afirmar su propia identidad, Joyce analiza con implacable objetividad la educación de un colegio católico en un país católico, justo en el momento en que la Gran Guerra ha trastornado para siempre los esquemas de la moral tradicional.
—¡Oh, queridos hermanitos míos en Cristo, que no nos esté destinado el oír este lenguaje! ¡Que no nos esté destinado, os digo! Yo le ruego fervientemente a Dios que en el último día de la terrible cuenta, ni una sola alma de las que ahora están en esta capilla, pueda hallarse entre los miserables seres a los cuales el Gran Juez ha de mandar apartarse para siempre de su vista, que ni uno solo de nosotros pueda oír retumbar en sus oídos la espantosa sentencia de condenación: ¡Apartaos de mí, malditos, id al fuego que os ha sido preparado por el demonio y sus ángeles!

Stephen salió por uno de los lados de la capilla, con las piernas entrechocadas y la cabeza temblorosa como si hubiera sido tocada por los dedos de una visión. Subió la escalera y siguió a lo largo de las paredes del corredor, de las cuales pendían los abrigos y los impermeables goteantes, como malhechores ejecutados, sin cabeza ni forma. A cada paso que daba, temía haberse muerto ya y que su alma desgajada de la envoltura del cuerpo, se estaba hundiendo de cabeza a través del espacio. No podía hacer pie en el suelo, y así, se sentó pesadamente en su pupitre abriendo un libro al azar y quedándosele mirando como hipnotizado.

No había habido palabra que no se le aplicase a él. Era verdad. Dios era todopoderoso. Dios podía llamarle ahora, llamarle mientras estaba sentado en su pupitre, antes de que hubiera podido tener conciencia de la llamada. Dios le había llamado. ¿Sí? ¿Cómo? ¿Sí? La carne se le contrajo como si sintiera la proximidad de las voraces llamas, reseca como si sintiera a su alrededor el remolino del sofocante aire. Se había muerto. Sí. Y estaba siendo juzgado. Una onda de fuego pasó rápidamente por su cuerpo: la primera. Otra oleada.

Su cerebro comenzó a abrasarse. Otra. Su cuerpo hervía y burbujeaba dentro de la crepitante morada del cráneo. Y las llamas salían de su cabeza como una aureola, gritando como si fueran voces:
—¡Infierno ! ¡ Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno!